La quinta ola terrorista

Tabula rasa

(LeMexico) – Sin lugar a duda, el 11 de septiembre (9/11) se ha convertido en una fecha simbólica acerca del poder destructor del terrorismo. Como ningún otro evento, el ataque a las torres gemelas en Nueva York en 2001 ha marcado al imaginario colectivo. Los atentados terroristas del 11-S han sido, de acuerdo con el sitio web Global Terrorism Database, los que más víctimas han ocasionado, y el hecho de haberse realizado en la capital financiera del mundo y presenciarse en vivo potencializó los efectos atemorizantes del mismo.

En el 9/11 también se produjo un atentado contra el Pentágono (un mayor objetivo en términos militares), pero que la gente poco recuerda, en gran parte porque las imágenes de aviones estrellándose a las torres del World Trade Center y su posterior derrumbe, crearon, señala Yuval Noah Harari en 21 lecciones para el siglo XXI, ese efecto de teatralidad que tuvo un mayor impacto emocional que las fotos del ataque al Pentágono.

Por su parte, Lawrence Wright en Los años del terror, de Al-Qaeda al Estado Islámico apunta que “el terror como estrategia, rara vez tiene éxito, salvo en un aspecto, genera represión por parte del Estado o la potencia ocupante. Ese es el objetivo esperado y anhelado por los terroristas, que tratan de contrarrestar la enorme ventaja militar del estado, obligándole a reaccionar de forma desmesurada, lo cual genera apoyo popular para su propia causa”.

En este sentido, los ataques del 9/11 cumplieron su objetivo porque la respuesta de Estados Unidos fue declararle la guerra a Al-Qaeda y al país que los albergaba, Afganistán. Como lo hemos platicado en otro espacio, fueron 20 años de una guerra sin estrategia y llena de errores.

Sin embargo, hablar de terrorismo no es nuevo, lo difícil es conceptualizarlo. Por ejemplo, se ha hablado del terrorismo de Estado, el cual surge en los regímenes que se mantienen en el poder mediante el uso de acciones de terror. Desde la Francia de Robespierre al régimen nazi, el fascismo italiano y posteriormente la URSS estalinista son los ejemplos más recordados.

A esta triste categoría podríamos incorporar la China de Mao, la Camboya de Pol Pot, la junta militar en Argentina, Pinochet en Chile, Somoza en Nicaragua, los escuadrones de la muerte en Guatemala, la limpieza étnica en los Balcanes, etc, como algunos otros infaustos ejemplos.

David Rapoport, en el famoso artículo Las cuatro oleadas del terrorismo moderno, señala que el terrorismo moderno surge en 1880 y que las características van variando en periodos de aproximadamente 40 años. La primera ola del terrorismo la inician los anarquistas rusos en contra del régimen zarista, luego vendría la segunda ola de corte anticolonial surgida al final de la Primera Guerra Mundial enfocada en la liberación de las antiguas colonias africanas.

La tercera ola denomina la nueva izquierda con tintes nacionalistas y que diera origen a organizaciones como las Brigadas Rojas en Italia o Sendero Luminoso en Perú. Por último, viene la cuarta ola que denomina religiosa que se puede ubicar a partir del triunfo de la revolución iraní y su régimen teocrático musulmán en 1979, en 2001 con Al-Qaeda y 10 años después con el Estado Islámico (ISIS)

Como lo señala Rapoport, el terrorismo tiene, al menos, esas cuatro etapas, y cada una de ellas persiguiendo diferentes fines y utilizando distintos medios. Para entender la dimensión actual tomaremos la definición de Luis de la Corte Ibañez en La lógica del terrorismo de que el terrorismo es “una sucesión premeditada de eventos violentos e intimidatorios ejercidos sobre población no combatiente y diseñados para infligir psicológicamente sobre un número de personas muy superior al que suman sus víctimas directas y para alcanzar así algún objetivo, casi siempre de tipo político”. Madrid, París, Londres han sido víctimas de ataques terroristas, lo mismo que el Cairo, Kabul, Mogadiscio o Bagdad. 

Esta definición nos presenta los principales elementos. En primer lugar, está el tema de la violencia. De manera significativa se ha presentado un cambio. Durante la tercera ola los objetivos de la violencia, de organizaciones como el Ejército Republicano Irlandés (IRA por sus siglas en inglés) o la organización País Vasco y Libertad (ETA por sus siglas en vasco) secuestro y asesinar a funcionarios de gobierno y militares. Ambas organizaciones tenían algún tipo de apoyo social, el cual se fue diluyendo en la medida en que se fueron radicalizando las acciones e incluían a civiles como objetivos. La novela Patria de Fernando Aramburu retrata de la mejor manera dicha etapa.

Lo que realizan los grupos terroristas en la última etapa es atacar dentro de los mismos países o de la misma región, especialmente los grupos islámicos terroristas en Egipto, Irán, Irak y Siria principalmente. Grupos más radicales continuaron por el camino de realizar ataques a objetivos simbólicos: hoteles, sinagogas, restaurantes, discotecas, conciertos, estaciones de metro, pero ahora en países de occidente, como los Estados Unidos (EU) y la Unión Europea.

Simplificando mucho, podríamos decir que utilizan el argumento de que estos países están en contra de su movimiento, y como no pueden presentar una lucha de frente, se enfocan en lugares a donde la gente común y corriente asiste de manera regular. La lógica de estos ataques es atemorizar a la sociedad entera para que presionen a sus países de dejar de apoyar los gobiernos locales pro-occidentales.

Otro elemento característico que acompaña a estas acciones terroristas es el cambio de medios para llevar a cabo sus ataques. Atrás quedaron las épocas en las cuales solamente fabricaban bombas caseras, ya sea para que las explotaran personas suicidas en maletas o en autos. Ahora, para imponer el terror han utilizado medios comunes como aviones en Nueva York, o una camioneta normal con la cual atropellaron a transeúntes en un mercado navideño en Berlín. Esto hace más complicado el combate al terrorismo.

Salvo el ataque de hace 20 años, por lo general las muertes producto del terrorismo no son tan abundantes, pero el dolor y el miedo impacta de sobremanera en las sociedades y obliga a los Estados a reforzar los esfuerzos para combatirlo. En el periodo de 2014-2020 se realizaron 120 ataques (completados, frustrados y fallidos) de inspiración religiosa que han dejado 386 víctimas mortales, pero como dice Harari, esas víctimas tienen mayor impacto en la sociedad que los más de 20 mil fallecimientos por accidente carretero solo en 2020. Es decir, es un asunto de percepción de miedo. 

Así, desde 2003 la Unión Europea ha señalado de manera constante en las diferentes estrategias de seguridad exterior y de seguridad interior, al terrorismo como uno de los tres principales problemas. Para enfrentarlo, desde 2005 la estrategia antiterrorista descansa en cuatro pilares: prevenir (evitar la radicalización), proteger (control migratorio en fronteras), perseguir (financiamiento ilegal) y responder (mejor gestión de respuesta). De las anteriores destaca la de prevenir, dado que aquí es donde se lucha contra la radicalización y la captación de terroristas.

Buena parte de los terroristas detenidos tienen en común que son ciudadanos europeos e incluso algunos son nacidos en la Unión Europea. Es más, se calcula que unos 5 mil ciudadanos europeos han viajado para incorporarse a grupos terroristas en Siria e Irak. Esto da una nueva dimensión dado que los ataques no necesariamente provienen del exterior por lo que una de las prioridades ha sido evitar que el mensaje radical llegue a los propios ciudadanos. En estos tiempos de comunicación inmediata, los jóvenes son coptados mediante los discursos de odio, los cuales encuentran en las plataformas sociales el mejor medio para difundirse. 

Por su parte, en los Estados Unidos ha ampliado la lucha al terrorismo. Ya no sólo se enfoca en el combate internacional a los grupos que considera como la mayor amenaza para la gente, intereses y aliados de los Estados Unidos, los cuales son ISIS, Al-Qaeda y Hezbolá (como lo señala La Evaluación Anual de Amenazas 2021 de la Comunidad de Inteligencia de EU) sino que con la publicación en junio de este año por primera vez de una Estrategia Nacional para Combatir el Terrorismo Doméstico, se determina que “los dos elementos más letales de la amenaza del terrorismo doméstico actual son: 1) extremistas violentos motivados por motivos raciales o étnicos que abogan por la superioridad de la raza blanca; y 2) extremistas violentos antigubernamentales o antiautoridad, como las milicias violentas extremistas”.

No es menor el alcance al incluir a ciudadanos estadounidenses como posibles terroristas.

El terrorismo no es una cuestión de Choque de Civilizaciones, como señalaba Samule Huntington, ni de una guerra cultural contra el islam. De hecho, la mayor parte de los atentados son en países del Medio Oriente. El combate al terrorismo es una permanente lucha contra los fanatismos, vengan de donde vengan.

Si los terroristas hoy tienen pasaporte local, si se usan las nuevas tecnologías para reclutar (redes sociales) o para crear miedo y confusión (ciberterrorismo) y si los objetivos no son tan claros (como la exigencia de instalar un tipo específico de régimen o simplemente querer destruir a uno vigente) quizá estamos en los inicios de una quinta ola terrorista.

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