Los muertos de Trump

Todo lo que se ve y que se escucha en los medios de comunicación gira entorno COVID-19. En el caso Estados Unidos, podemos ver que existe un fracaso rotundo por parte del país más poderoso del mundo por el liderazgo errático de Trump. Esto, ya que hayan ignorado cualquier cantidad de alertas que se han presentado durante la crisis de salud en su país.

Este asunto no resultaría tan grave si lo comparamos con los números estimados que la administración había contemplado como punto máximo de la crisis por 19. Aproximadamente se había hecho un cálculo de 60 mil personas fallecidas en los pronósticos más optimistas y ese número sería comparable con los 58 mil caídos en la guerra en Vietnam en los años 70.
La pandemia ha registrado parte de los problemas estructurales de Estados Unidos, como la brecha racial y sus diferencias sociales. Esta vez, mientras se acelera en la carrera mundial por la vacuna, el país no ha podido mucho más que ayudarse a sí mismo.

El 9 de febrero de 2018 el presidente firmó una ley que recorta 1,350 millones de dólares en financiamiento para 10 años a los centros para el control y prevención de enfermedades (CDC por sus siglas en inglés). Más adelante, en septiembre de 2018 el departamento de salud y servicios humanos desvía 266 millones de dólares de financiamiento de los CDC para destinarlos al programa de de detención de niños migrantes.

El primer caso de COVID-19 emerge en la provincia China de Hubei y el 17 de noviembre de 2019, para finales de este mes, las agencias de inteligencia estadounidense, que llevaban al menos 3 años advirtiendo de la gran amenaza de una pandemia, alertan de una enfermedad devastadora y fuera de control. En enero de 2020 el jefe de la Agencia de Alimentos y Medicación (FDA), Stephen Han, pregunta el departamento de salud si puede empezar a contactar a las empresas sobre el abastecimiento de equipamiento de protección personal. Le responden en la oficina de la presidencia que no.

Para el 18 de enero, Alex Azar, Secretario de Salud intenta hablar por primera vez a Trump de la pandemia. Prueba con una conversación telefónica, pero resulta que el presidente quiere “hablar de cigarrillos electrónicos” (Estados Unidos prohibió el uso de los sabores), y no del coronavirus. El mismo día, Rick Bright, director de la Autoridad de Investigación y Desarrollo Avanzado Biomédico –hoy separado por Trump–, pide que se ponga en marcha un grupo coordinado de respuesta al coronavirus. Le dicen que no creen que sea urgente.

Finalmente, para el 30 de enero la OMS declara que el brote de coronavirus es una emergencia de salud pública internacional. El 2 de febrero Trump prohíbe la entrada a cualquier persona desde el país de China y un mes después, el 11 de marzo, cualquier viaje que provenga de Europa. Ese día la OMS declara la pandemia global.

Pese a todo ello, Trump se instaló en una negación que perduró semanas y restó gravedad al COVID-19. Incluso llegó a decir que desaparecería como “un milagro” (27 de febrero) y finalmente fue comparado con la gripe común (9 de marzo). Así ha sido a lo largo de estos meses, el presidente Trump ha dado información errónea sobre las vacunas y sobre tratamientos, también ha contravenido públicamente a todos los expertos y sus propias recomendaciones oficiales como cuando animó a reabrir el país el Domingo de Pascua. Hace pocas semanas, en otro de sus episodios más extraños, exageró sus declaraciones y dijo a la opinión pública que está ingiriendo de forma preventiva hidroxicloroquina, un antipalúdico desaconsejado por su propio gobierno, fuera de ensayos clínicos y entornos hospitalarios. Recientemente ese medicamento ha sido descartado por la OMS en las pruebas, debido a que ha causado demasiadas muertes durante las pruebas.

Trump se ha embebido en sí mismo y no saldrá de ello. Desoyó durante semanas a los técnicos y se encerró en su círculo de confianza para atender una crisis que ya lo supera en más de 100 mil muertos. Trump no ha entendido la crisis y sigue adelante con su deseo de reelegirse.

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