Crónicas deportivas: el lado oscuro de los mundiales

Tabula rasa

(LeMexico) – Antes de celebrarse los mundiales, la mayor competencia futbolística reconocida eran los juegos olímpicos (recordemos que en esos años eran competencias exclusivas para el deporte amateur). Para dar paso a los jugadores profesionales se llevó a cabo la primera copa mundial en Uruguay en 1930, con la participación por invitación de 13 selecciones nacionales (4 europeas, 9 del continente americano), y solo fue transmitido por radio en la región del Río de la Plata.

Para la Copa de Catar muchas cosas han cambiado. La FIFA, que inició con 7 naciones, cuenta hasta el momento con 211 países miembros (la ONU tiene 193 países reconocidos) y para el mundial competirán 32 selecciones después de un largo proceso eliminatorio, donde participaron casi todos los países (excepto algunos que declinaron por cuestiones relacionadas con el COVID y la descalificación de Rusia tras invadir Ucrania). La audiencia potencial es de 5,000 millones de personas (las olimpiadas de Tokio 2020 alcanzaron los 3,000 millones de espectadores).

Cuando en 1974 se efectuó la pelea de box por el campeonato de los pesos completos entre Muhammad Ali y George Foreman, la llamada Rumble in the jungle, lo inusual era que la sede fue en la ciudad de Kinshasa, en el entonces Zaire (ahora es la República Democrática del Congo). La razón, el dictador Mobutu (por desgracia nunca dejan de aparecer en la historia) pretendía mejorar la imagen de su país (y la de él mismo) siendo anfitrión de un gran espectáculo deportivo. Esta fórmula se repitió un año después en Filipinas, con otro dictador, Ferdinand Marcos, patrocinando la pelea llamada Thrilla in Manila.

El futbol no ha sido ajeno de ser víctima de abuso por parte de dictadores que aprovechan el entusiasmo en torno a las copas del mundo para beneficio y promoción de su persona. Y eso no es nuevo, surgió casi desde el comienzo de la competencia futbolística. El segundo mundial se disputó en 1934, en la Italia fascista, y circula la historia de que, estando por empezar el partido de la final, el entrenador de la selección italiana recibió un telegrama del propio Benito Mussolini, que tenía un sencillo mensaje: “vencer o morir”. Al final, los italianos ganaron 4-2 a Hungría, pero quien mejor expresó el ambiente de ese partido fue el portero visitante, el húngaro Anta Szabo, que señaló:

“Nunca en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido. Con los cuatro goles que me hicieron, salvé la vida a once seres humanos”.

La anterior no es la única historia. Tenemos a los generales brasileños que habían ocupado la presidencia del país tras un golpe de estado, queriendo hacer suya la victoria de la selección encabezada por Pelé en 1970, o al general Videla, otro militar golpista, bajando junto con Henry Kissinger, a “saludar” a los jugadores del Perú en su vestuario cuando Argentina necesitaba ganar por diferencia de cuatro goles y terminó ganando 6-0, para posteriormente ganar el campeonato donde “los militares argentinos celebraron el triunfo del brazo del inefable Henry Kissinger mientras los aviones arrojaban a los prisioneros vivos al fondo del mar”, como lo describe Eduardo Galeano en el libro con el título perfecto que describe el sentir actual de millones de personas: “Cerrado por futbol”.

Simon Kuper, en Futbol contra el enemigo, señala que “El fútbol no es sólo fútbol: fascina dictadores y mafiosos, y contribuye a desencadenar guerras y revoluciones”. Ya hablamos de Mussolini y Videla, ahora recordemos a Pablo Escobar y su relación con el equipo Nacional de Medellín, y con la selección colombiana, o los escándalos de corrupción por apuestas amañadas por la mafia en Italia con equipos tan venerables como Juventus, Milan, y Lazio.

En un plano más apasionado, pero no menos sombrío, Ryszard Kapuscinski nos narra, en el libro La guerra del futbol y otros reportajes, cómo, a consecuencia de los enfrentamientos posteriores a los partidos eliminatorios entre El Salvador y Honduras para el mundial de México 70, terminó por efectuarse una guerra entre ambos países.

Por otra parte, al ir creciendo la afición, la FIFA se dio cuenta de que el futbol se estaba convirtiendo en un gran negocio. De esta forma, podemos dividir la época clásica, donde las sedes de los mundiales se otorgaban más con criterios deportivos, y otra que llamaremos la era moderna, donde se impusieron los criterios mercantilistas. Con esta lógica, se otorgaron sedes mundialistas a países sin tradición pero con mucho dinero, como Estados Unidos en 1994, la sede conjunta de Japón y Corea del Sur en 2002, o incluso hasta Sudáfrica en 2010.

También, cabe mencionar que para hacer el negocio más grande, se incrementó el número de naciones participantes en el mundial. El primer incremento fue cuando el mundial de España 1982 se disputó entre 24 países (anteriormente eran 16 los países). Para Francia 1998 se agregaron otros 8, para llegar a las actuales 32 selecciones participantes, y para el próximo mundial en 2026, a disputarse en Canadá, Estados Unidos y México, serán 48 las selecciones en la fase final.

Por desgracia, al existir “una audiencia que pague o patrocine o una cobertura televisiva pagada, no se permite que siga siendo un simple deporte, sino que debe ser un espectáculo destinado a dar el máximo de ingresos”, señala Kupper, la ambición se apoderó de varios dirigentes de la FIFA, incluyendo a su presidente, y las acusaciones de corrupción empezaron a surgir.

Un vistazo al libro Tarjeta Roja. El fraude más grande en la historia del deporte, de Ken Besinger, nos da una idea de la magnitud de la corrupción, o a la serie El Presidente y los documentales Los entresijos de la FIFA y Los hombres que vendieron la Copa del Mundo, que se pueden ver en streaming.

Las sorpresivas sedes a Rusia y Catar no se explicarían sin acuerdos oscuros entre los dirigentes de la FIFA con Putin y con el emir Tamim bin Hamad al Zani. Como a los acarreados a un mitin, pero pagando millones de dólares y no solo un lunch, Rusia y Catar compraron la sede de los mundiales, paseando a los miembros de la FIFA. La intención de obtener la justa deportiva sigue siendo el viejo anhelo de los dictadores por mostrar una cara amable de sus países, junto con la ambición desmedida de los directivos del futbol.

Para Catar, el éxito del mundial no dependerá de los beneficios económicos, son tan ricos que no los necesitan, sino de la imagen que logre proyectar al final. Dinamarca ha presentado uniformes con logotipos imperceptibles como una muestra de repudio a la situación en el país árabe, el capitán de la selección inglesa pretendía usar un gafete de capitán con la imagen de One Love y mientras que los alemanes se taparon la boca con la mano en la foto oficial. Todo para protestar contra el trato a migrantes, comunidad LGBT y falta de libertades, en especial para las mujeres.

Se aplaude el empeño de la FIFA por erradicar el grito homofóbico de los seguidores de la selección nacional (situación totalmente repudiable), pero ante el hecho de que la homosexualidad en ese país es ilegal no dice nada. La terrible situación de los trabajadores migrantes, sometidos a condiciones casi de explotación, situación ampliamente documentada, también es omitida por la FIFA. Para muchos aspectos de la vida, tan normales en occidente como viajar o estudiar, si las mujeres catarís desean hacer en su país, necesitan del permiso de un hombre.

Aprovechando el furor futbolero y que, como dijo Maradona, “la pelota no se mancha”, la FIFA ha apostado a que todos estos “inconvenientes” se olviden y pasen de largo. En 2014, Rusia se anexó Crimea y el mundo fue alegremente 4 años después a su mundial y, para el actual, solo la brutal invasión a Ucrania logró que suspendieran la participación de Rusia.

Debemos comprender que el futbol es algo más que un deporte, no solo por el dinero que se genera a su alrededor, sino por la imagen que proyecta, y la FIFA tendría que reorganizarse (o forzarla de alguna forma) para que en las decisiones de a qué país otorgar la sede de los mundiales, además de las cuestiones logísticas y económicas, incorpore cuestiones básicas de respeto a las libertades. Tan sencillo como eso.

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