El PRI en su encrucijada

(LeMexico) – El deterioro del PRI se entiende más por sus errores y contradicciones que por el largo desencanto que los partidos vienen afrontando.

Al exterior, a los ojos de la ciudadanía, la corrupción de su élite y de sus dirigentes lidera la lista de negativos. Sus siglas se identifican con esta mala práctica tanto en términos históricos como de cultura política.

A su interior, las medidas de exclusión relacionadas con el acaparamiento de cargos de representación política y partidista por una oligarquía pro tempore suscitan el abandono de cuadros, militantes y simpatizantes.

En este afán de autolesión que los grupos dirigentes en turno ejercen para controlar las posiciones, el PRI ha producido la formación de fuerzas políticas que posteriormente lo devoran en la competencia electoral. De este modo, el partido se ha constituido en plataforma para fortalecer membresías de otras organizaciones.

Visto desde fuera o dentro, es perceptible su extravío ideológico. La presencia de un mandatario que divide opiniones junto a un partido gobernante que, pese a sus fallas, predomina en el espectro de la izquierda, ha acentuado la condición pragmática que el PRI adquirió décadas atrás.

En la actualidad, dicho pragmatismo centra sus esfuerzos hacia la defensa de un «contrabloque» nada menos que con sus «oponentes históricos» (el PAN desde 1939, el PRD desde 1989).

En la obsesión política por consolidar este contrapeso está fundamentada la «afinidad», teniendo como eje una oposición generalizada a las políticas y estilos del presidente de la República.

En este trayecto, sin embargo, el ideario del PRI está plagado de generalidades. Contiene un conjunto de enunciados que como parches se sobreponen durante cada Asamblea, intenciones que se aprecian loables, pero no muy alejadas de lo promovido por otras ofertas políticas.

Hoy el PRI afirma vincularse con la corriente socialdemócrata, si bien en su Declaración de Principios no realiza un desarrollo mínimo en torno a dicha conexión. Alude al concepto en dos ocasiones y lo hace, además, de forma equivocada.

Es oportuno evaluar la pertinencia de continuar en la Alianza. En principio, pareciera que ni al PAN le beneficia ni tampoco al PRI. Ambos pueden contender con sus propios referentes en el ámbito electoral, sin que ello impida consensuar iniciativas en el orden legislativo.

No contamos con datos precisos que revelen la ubicación ideológica de quienes dejaron de votar por el PRI en las elecciones federales de 2018 y 2021. Sin embargo, hay evidencia del traslado de voto priista hacia Morena tanto en elecciones locales como federales, que en no pocos casos reflejaron transferencias casi simétricas o inversamente proporcionales en las propias secciones electorales.

Con sus debidas proporciones, esto permite inferir, por cuestionable que parezca, en qué medida los ex priistas son receptivos a las preferencias discursivas del presidente López Obrador y a ciertos liderazgos locales que impulsaron el movimiento.

Para recuperar el terreno perdido, esto no presupone redirigir la estrategia de alianzas hacia Morena, sino antes bien dejar de ser una oposición sistemática.

Cuenta de ello es la narrativa de la actual Alianza cuyos representantes afirman que el país está siendo totalmente destruido, amplificando los errores, pero dejando de reconocer en público ciertos logros del gobierno que se admiten en secreto.

Convendría que los dirigentes promovieran una visión realista sobre el futuro del PRI en el contexto adverso, cancelando expresiones triunfalistas junto a la generación de falsas expectativas acerca de sus posibilidades en comicios estatales y federales. De lo contrario, les son endosables los pagos por las «facturas del pasado».

Por supuesto que cualquier dirigencia que se hubiese conformado en 2019 habría enfrentado la etapa de mayor desafío para el PRI. No obstante, los contendientes asumieron, consciente y voluntariamente, los retos ínsitos que entrañaba, responsabilizándose de lo que aconteciera a partir de 202o y del reto de detener el declive.

Con una estrategia diferente, inclusión de liderazgos reales y alianzas sin cargas de hostilidad, es probable que otro CEN hubiera obtenido mayores porcentajes de votación y contenido la migración o inacción de cuadros emergentes y consolidados.

Considerando las elecciones federales de 2018 y 2021, es de constatar que entre ocho y nueve millones de votantes priistas no son ni quieren ser parte de Morena, aun cuando antiguos electores, militantes y compañera(o)s entrañables se fueron allí.

Esto apunta a la importancia de que el PRI atienda con seriedad el componente ideológico, concitándolo a redefinirse hacia un centro político que reduzca las desigualdades sociales en un marco de economía de mercado.

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