Decisiones complejas y democracia

No hemos inventado algo mejor que la democracia para procesar políticamente la complejidad

(LeMexico) – La democracia comprende un sistema de decisiones colectivas. Si bien es un régimen político que institucionaliza el disenso, da poder al ciudadano en la competencia por el voto o aspira a combinar altos niveles de participación política y contestación pública, sus «salidas» contienen decisiones vinculantes que afectan a ciudadanos, autoridades y gobernados.

Una de las preguntas clásicas dentro de la política comparada es sobre los criterios que determinan el método adoptado por los países para elegir a sus gobernantes.

Aun cuando hay una producción abundante sobre esta línea de estudio, subsiste el consenso, tanto desde la ciencia política cualitativa como positiva, que instituir un sistema electoral, cualquiera que sea, entrañará una agregación de preferencias individuales bastante compleja.

De tal manera, un criterio posible es asignar un voto a cada individuo y que el ganador, en este caso a presidente, jefe de Gobierno o primer ministro, resulte quien obtenga el mayor número de sufragios: es el caso de nuestro país.

El sistema mayoritario no implica, sin embargo, el «mejor equilibrio», ya que una localidad con menor población, en su propósito de influir en el conjunto del territorio, verá superada sus preferencias por regiones o localidades con mayor número de habitantes.

Dado el argumento anterior, los países han optado por una variedad de esquemas para elegir a sus autoridades. La diversidad revela el universo complejo de los sistemas electorales, distintivo, sobre todo, en los de naturaleza proporcional.

Citamos algunos ejemplos de los sistemas de mayoría. Francia y Perú implementan la segunda vuelta entre los dos principales. Estados Unidos buscó armonizar, controversialmente para muchos, el voto mayoritario con el peso electoral por estado. México, por su parte, ha apostado de manera prolongada por el método que define al ganador con tan solo un voto adicional.

Con independencia de la decisión acordada por las élites políticas sobre la forma de traducir sufragios en posiciones de autoridad o escaños, guarda vigencia preguntarse lo siguiente: ¿Cuál de estas formas de votación es la más justa, la más democrática o la que se aproxima a un punto óptimo en el conjunto de las preferencias?

La verdad, ninguna. Joseph Arrow, nobel de Economía, exponente de la escuela neoclásica, es la referencia más importante en esta añeja discusión. Demostró la «imposibilidad» de un sistema de votación que agregara todas las preferencias individuales en un escenario con dos o más candidatos y tres o más electores.

Esto no debe suponer la denostación de los regímenes democráticos, los cuales se sustentan, aunque no se agotan, en el mecanismo del voto.

Implica, antes bien, admitir que no hay sistema de toma de decisiones perfecto, junto a la importancia de considerar que cualquiera a asumirse será determinante para el resultado y no evitará rangos de insatisfacción en términos de preferencias.

La «democracia churchilliana» alude a que todos los sistemas son deficientes, si bien aquélla registra los menores niveles de imperfección. A Linz se le atribuye que la democracia sea, de entre todas las posibles, la menos mala de las alternativas.

A juicio nuestro, esto es así porque la democracia debe propiciar condiciones para el futuro de las personas a través de procesar las preferencias de los electores en un mundo con visiones múltiples, contrastantes y contrapuestas. Hasta ahora, no hemos inventado algo mejor para enfrentar esta complejidad.

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