Miedo

Tabula Rasa

(LeMexico) – El miedo es una de las primeras sensaciones que tenemos en la vida, aunque sea de manera institiva y conforme vamos creciendo adquiere la condición de emoción. Le tenemos miedo a la oscuridad, a los rayos, a los sobrenatural (aunque nunca tengamos pruebas), así como en los albores de la humanidad se le tenía miedo al fuego o en la modernidad, al ferrocarril.

Ahora bien, para entender el concepto, Aristóteles (citado por Martha Naussbam) señalaba que el miedo es “como el dolor producido por la aparente presencia inminente de algo malo o negativo, acompañado de una sensación de impotencia para repelerlo”.

Agregaría que el miedo tiene mucho de irracional, por ejemplo, las probabilidades de morir en un accidente automovilístico son, de acuerdo con algunos cálculos, de 1 cada 127 accidentes, mientras que las probabilidades de morir en un accidente aéreo son de 1 en cada 3 millones. Sin embargo la gente le tiene miedo a volar y no a subirse a un auto.

Dice Martha Nussbaum en La monarquía del miedo que “al principio, el miedo es una reacción al hambre, la sed, la oscuridad, la humedad y la impotencia de no ser capaz de hacer nada por nosotros mismos para superar esas malas sensaciones. Con el paso del tiempo una idea nueva entra en escena una idea seguramente implícita desde el principio de nuestra respuesta de miedo heredadas por vía evolutiva: la idea de la muerte”. No es infrecuente encontrar el miedo a la soledad.

Si uno buscara cuál es el sentimiento que más se ha extendido en el mundo en los últimos años, es probable que el miedo sea la respuesta. Nuestras sociedades han transitado del optimismo desbordante de los años 90 a la sombría época reciente. Con la caída del bloque soviético vino un auge de la economía basada en preceptos neoliberales, a la par que muchos países experimentaban por primera vez en décadas los privilegios de la libertad en todos sus aspectos: políticos, económicos y sociales. La globalización era la autopista que nos llevaría directamente el progreso social y al desarrollo económico.

Sin embargo, la realidad no es lineal y muchas cosas sucedieron que fueron modificando de poco a poco la sensación de optimismo. El llamado efecto tequila (el impacto global de la crisis económica de México en 1994-1995) vino a dar una primera señal de advertencia de que no necesariamente el mundo solo tenía delante de sí el crecimiento. Pero la más fuerte advertencia llegó con el ataque a las torres gemelas del WTC en Nueva York. A partir de entonces, el optimismo empezó a ceder su lugar protagónico al miedo. Parecía que lo que Samuel Huntington planteaba en 1996 con El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial se volvía una profecía auto cumplida.

Volviendo a Nussbaum, después del 11 de septiembre, “un poco de temor racional (el temor a la violencia terrorista de unos criminales movidos por una ideología extremista conectada con el islam) puede escalar hasta miedos irracionales y perniciosos que producen un clima de desconfianza que amenaza con invalidar nuestros preciados valores democráticos”. Se tenía miedo generalizado a todos los musulmanes sin detenerse a reflexionar y separar al fanatismo terrorista de los creyentes de una religión tan válida como la católica o la judía. Años después, Trump atizaría los miedos en contra de los latinos, igual de manera generalizada e irracional.

Desde entonces hemos ido acumulando razones para tener miedo. A los tradicionales miedos que tenemos como personas le hemos agregado aquellos de orden más social como los con los asaltos, la falta de empleo o la inflación. De manera más global, podemos encontrar miedos a la delincuencia organizada, o a temas que parecían olvidados, como la guerra y las pandemias. Por si fuera poco, no hay semana en que en los cines no pasen películas de terror o de mundos apocalípticos, como para generar más miedo.

Dominique Moisí en La geopolítica de las emociones señala que en las naciones, como en las personas, se pueden distinguir emociones. En el caso de los países, esas emociones son esperanza, humillación y miedo. En este sentido, occidente ve cómo va creciendo el miedo dentro de sus sociedades, con una característica particular, el miedo venía de fuera, de Asia (representado por el poderío económico de China) o de Medio Oriente (encarnado en los regímenes teocráticos). Posteriormente, el miedo empezó a enfocarse a los migrantes provenientes de África.

Para Moisi, “el miedo es una respuesta emocional a la percepción, real o exagerada, de un peligro inminente” (similar a lo planteado por Aristóteles y por la propia Nussbaum quien dice que “El miedo implica que pensemos en una amenaza inminente a nuestro propio bienestar”), y en el caso de occidente, el miedo surge por la sensación de haber perdido el control sobre el futuro. La incertidumbre se ha apoderado de occidente, y por lo tanto, ha crecido el miedo.

Sin embargo, no es deseable que el miedo desaparezca por completo, porque al final de cuentas funciona también como una alerta. El miedo a caernos desde las alturas evita que nos acerquemos demasiado a las cornisas o que pongamos barandales, y en esto la mayoría de las personas estarían de acuerdo. De la misma forma, el miedo a otro ataque terrorista unió, aunque sea por un breve lapso, a los estadounidenses en torno a políticas defensivas. El miedo a una nueva guerra mundial, unió a los otroras enemigos, Francia y Alemania, a llegar a acuerdos que terminarían con la creación de la hoy Unión Europea.

Lo que podemos ver, de acuerdo con Josep Colomer y Ashley Beale, en Democracia y globalización. Ira, miedo y esperanza es que la democracia puede ver afectado su funcionamiento porque “el miedo a amenazas externas, ya sean enemigos, competidores o inmigrantes, junto con la sospecha de que el cambio puede ser para peor, puede reducir las expectativas, doblegar la ira contra los gobernantes decepcionantes y hacer que los ciudadanos insatisfechos se resigne o acepten la situación existente”. O peor aún, como apunta Nussbaum, “El miedo hace que la gente busque cobijo despavorida y trate de encontrar consuelo en el abrazo proporcionado por un líder o un grupo homogéneo”. No sea que por escapar del miedo, terminemos peor de lo que estamos.

Hoy el miedo está presente sin que se perciba que la sociedad reaccione de manera más o menos homogénea ante dicha situación. En nuestro entorno público se está dividendo en dos posturas: o se magnifica el miedo al grado del terror o se minimiza el miedo al punto de considerarlo como algo intrascendente. Dice Moisi que “el miedo excesivo es peligroso. Una obsesión con el miedo, sea real o calculada, es una limitante muy seria a la propia habilidad de interactuar con el mundo de los otros, bien sea de una forma interna o externa”, y tampoco es que debamos ignorar que el futuro de nuestras sociedades depende de que entendamos que hay situaciones que no estamos atendiendo (polarizaciones, extremismos, divisiones, terrorismo) y si hacemos como que nada está pasando, el miedo puede terminar por paralizarnos y convertirse en horror.

*Este artículo es una versión ampliada del artículo “Del miedo al horror”, publicado por la la Revista Cámara, de la Cámara de Diputados. 

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