La nube

Tabula Rasa

Entre los múltiples reclamos que tiene en estos días el neoliberalismo, destaca, sin lugar a dudas, que los resultados han sido negativos en el plano de la igualdad. Nos hemos centrado en investigar la concentración de beneficios en el 1% y la creciente pobreza del 90% de la población.

En este trajín por encontrar culpables, evidentemente los millonarios (¿o debo referirme solo a los multimillonarios?) son el principal blanco. Son los sospechosos comunes para calmar las buenas conciencias. Sin embargo, esta justificada ira contra los poderosos nos ha cegado e impedido ver una transformación aún más profunda.

El neoliberalismo, como cualquier otro sistema económico, tiene bondades y virtudes a la vez que defectos y fallas en su instrumentación. Podemos hablar de cambiar el neoliberalismo, pero solo será en las formas, porque lo que está en el fondo es algo más allá y que se localiza en el centro mismo del sistema, y que no se habla de modificar: el capitalismo.

Carlos Marx, un autor que siempre hay que leer de forma reflexiva y desapasionada, nos dice en El capital, que una persona “sólo actúa como capitalista, como capital personificado, dotado de conciencia y de voluntad, en la medida en que sus operaciones no tienen más motivo propulsor que la apropiación progresiva de riqueza abstracta. El valor de uso no puede, pues, considerarse jamás como fin directo del capitalista. Tampoco la ganancia aislada, sino el apetito insaciable de ganar”.

Marx no cuestiona la ganancia en sí misma derivada de la producción de mercancías (o bienes) sino el hecho de cómo se apropia el capitalista de los excedentes de la producción. Ese capitalismo ha mutado.

Shoshana Zuboff reflexiona acerca de cómo el capitalismo se ha transformado en algo casi omnipotente en su libro La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Aquí, la discusión no es acerca de cómo reducir la desigualdad económica, ni cómo generar crecimiento. Se centra en conceptualizar a nueva faceta del capitalismo como de la vigilancia.

Dice Elias Canetti en Masa y poder (libro fundamental para entender a la sociedad de cualquier época) que en la medida en que conocemos los secretos de una persona, vamos ejerciendo poder sobre de ella, y a la vez, y en sentido inverso, el que nadie sepa de nuestros secretos impide que alguien tenga poder sobre nosotros. Sin embargo, parece ser que el ser humano tiene, por naturaleza, que compartir sus secretos con alguien, ya sea un familiar o un amigo, e incluso en la religión católica con un confesor (¡hasta Michael Corleone se confiesa!).

En estos tiempos, nuestras confesiones ya no son a otras personas, sino a las tecnologías de la información y la computación, a las TIC’s, específicamente a la nueva deidad que todos adoramos, el Zeus de nuestros tiempos: Google. De acuerdo con Seth Stephens-Davidowitz, en Todo el mundo miente: lo que internet y el big data pueden decirnos sobre nosotros mismos, internet ha terminado por ser el lugar donde actuamos sin secretos ni mentiras. Las búsquedas en google son las que nos retratan. Estamos en la era del confesionario digital.

Si la mayoría acudimos a la red para proveernos de información sobre temas nuevos, para ver los viejos videos que nos lleven a las épocas pasadas, para buscar algún producto, evento o simplemente para perder el tiempo navegando en las redes sociales, lo que estamos haciendo es desnudando nuestras aficiones, gustos y secretos. Podrán engañar a su conciencia, pero no a Google, podría ser parte de un sermón digital. Y no importa sistema económico alguno, porque de nada vale si se es neoliberal, neoconservador o progresista, ni si se vive en un país rico o pobre (la única diferencia es la accesibilidad a un buen internet).

A este punto es a donde Shoshana Zuboff nos lleva. Cada búsqueda y cada “me gusta” es información valiosa sobre nosotros mismos que entregamos a la nube digital (ese espacio intangible donde se guarda nuestra información). Con el poder intuitivo de los sistemas, que nos adelanta palabras, páginas de internet o nos dice “con base en tus me gustan”, sabemos que hemos entregado información personal y que los sistemas nos conocen.

“Los capitalistas de la vigilancia descubrieron que los datos conductuales más predictivos se obtienen interviniendo la marcha misma de las cosas para empujar a, persuadir de, afinar y estimular ciertos comportamientos a fin de dirigir los acción los resultados rentables”.

Nos hemos convertido, cual película futurista, en datos.

El capitalismo de la vigilancia no hubiera sido posible sin la aparición de Apple y Microsoft, que vinieron a transformar las antiguas relaciones. Sin estos productos y estas herramientas, a lo más que se podría aspirar es que los datos sirvieran para ir diseñando campañas de publicidad y de información especialmente dirigida. Es decir, pasamos del mundo de la serie Mad Men (donde todo se enfocaba en la publicidad de productos a sectores específicos) a las modernas campañas políticas donde se manda el mensaje de forma personalizada (como la campaña de Trump o el Brexit en 2016). Hoy en día, eso ha quedado atrás.

Pero ojo, “el capitalismo de la vigilancia no es una tecnología; es una lógica que impregna la tecnología que la pone en acción. El capitalismo de la vigilancia es una forma de mercado que resulta inimaginable fuera del medio ambiente digital, pero que no es lo mismo que lo digital”, la tecnología es solo el medio a través del cual el capitalismo se expande. Es evidente que sin el desarrollo de la tecnología, el capitalismo seguiría rigiéndose de forma más o menos similar a como lo describió Marx o la revolución de Ford.

Al entregarle a la nube nuestros datos, gustos y preferencias, le estamos dando pautas para que describa nuestra conducta. Más allá, con la compleja serie de algoritmos, si los sistemas ya pueden predecir nuestra conducta el siguiente, y escalofriante, paso es que puedan modificar nuestra conducta. Por ejemplo, las opciones de publicaciones en Instagram o de música en Spotify ¿son las que realmente queremos o las que el sistema elije por nosotros? ¿Quién determina lo que hay que ver, escuchar o comprar: Alexa, Siri o nosotros?

Es por eso que Shoshana Zoboff nos alerta de que estamos presenciando algo distinto. No es el capitalismo clásico que se apropia del excedente de la producción del trabajador, sino que utiliza los datos, gustos y hasta obsesiones de las personas para hacer operaciones comerciales a futuro.

Si por ejemplo, te la pasas visitando sitios web que ofrecen “los restaurantes más bonitos de tu colonia”, en automático te llegará publicidad de “las terrazas más bonitas para cenar” o de “los mejores lugares para comer”. Lo mismo pasa si visitas sitios web de ejercicios, de ropa deportiva o de viajes a la playa. La lógica es la misma, el capitalismo que ha vigilado tus aficiones te “invita” a ir a nuevos lugares, te “ofrece” atractivas promociones, etc. Sorprendería saber el número de personas que hacen sus compras online por la noche.

Este capitalismo, que es el sueño de cualquier tirano (modificar las conductas de las personas sin que éstas se den cuenta, algo así como la película Inception de Christopher Nolan), lo hemos construido, paradójicamente, dentro de la democracia. Al momento que en aras de impulsar el crecimiento económico, el Estado renunció a sus capacidades de supervisión y no frenar la “inventiva e innovación capitalista” y dejó que se autorregulara a sí mismo, con el mismo resultado que con el mito de la mano invisible de Adam Smith, los beneficios no se socializaron y las ganancias se concentraron en unos pocos.

De hecho, es peor la situación. La nube carece de algo que los humanos sí tenemos: la capacidad de olvido. Mientras que nosotros los recuerdos dolorosos los vamos dejando atrás (imposible vivir de otra forma) y solo nos vamos quedando con los buenos recuerdos, la información que se deposita en servidores invisibles nunca desaparece. Ahí permanece, con día y hora, lo que vimos, lo que fuimos. Es el capitalismo que vigila nuestro pasado y presente para moldear nuestro futuro. Con los constantes “recuerdos de hace 2, 5 u otros años”, hemos perdido nuestro derecho al olvido.

El capitalismo se ha reinventado para que los negocios prosperen a través de nuestra información más personal. Hoy no se producen bienes o mercancías para satisfacer la demanda. Hoy la oferta se hace con base en los algoritmos personalizados. Tan fácil como recordar los lugares “nuevos” a los que hemos ido, las “novedades” en moda, música, etc, que hemos comprado, y que además terminamos agradeciendo a la nube por dárnolos a conocer. Vivimos, literal, en la nube.

Y al final, se siente una especie de indefensión ante lo que estamos pasando y que Zoboff resume cuando dice que “los capitalistas de la vigilancia lo saben todo sobre nosotros pero sus actividades están diseñadas como lo están para que no puedan ser conocidos por nosotros. Acumulan montañas ingentes de nuevos conocimientos extraídos de nosotros pero no para nosotros. Predicen los futuros para el beneficio de otros no para nosotros”.

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