Leer a los clásicos: Tomás Moro

Tabula Rasa

(LeMexico) – El pasado 22 de junio se celebró la festividad de Santo Tomás Moro y, como el nombre lo indica, se trata de un evento religioso. Cuando era un mortal más, Tomás Moro fue abogado, político y filósofo inglés que vivió entre 1478 y 1535, y de no haberse atravesado en su vida Enrique VIII, hubiera sido recordado como un gran defensor ante la tiranía y la reforma protestante iniciada por Martín Lutero en Alemania en el año 1520, o para los más especializados, como el gran amigo del otro gigante intelectual de la época, Erasmo de Rotterdam.

Cuando ser consejero y amigo del rey era uno de los mayores honores a los que podían aspirar en la Inglaterra del siglo XVI, Tomás Moro tuvo la mala suerte de que el rey fuera Enrique VIII, a quien la pasión, por llamarle de alguna manera, más las cuestiones políticas, le llevaron a enfrentarse con el Vaticano por negarse a aprobar su divorcio de Catalina de Aragón y poder casarse con Ana Bolena. Moro se puso del lado de la iglesia y esto lo llevó a ser juzgado, sentenciado y ejecutado con la decapitación por oponerse a los deseos del rey en 1535. Algunas fuentes citan que sus últimas palabras fueron Muero como fiel servidor del rey, pero primero como servidor de Dios.

Tomás Moro es beatificado por la iglesia católica en 1886, luego canonizado en 1935 y, finalmente, en 2000 es declarado santo patrono de los gobernantes y políticos, cuya celebración habría de ser cada 22 de junio. Por eso en ocasiones es conocido como el día de las y los politólogos (ojo, que no es lo mismo que los políticos), lo que resalta la ironía de juntar el pensamiento laico y científico de la ciencia política con una celebración religiosa. En México existe una propuesta para que el día de la politología (que sería el término oficial) se celebre el 11 de mayo en conmemoración con el día en que se presentó el primer examen profesional de ciencia política.

Toda esta introducción no es más que un pretexto para comentar el libro fundamental de Tomás Moro que ha trascendido hasta nuestra época: Utopía. Esta palabra, que fue inventada por Moro, cuyo significado etimológico es “no lugar”, viene a representar desde entonces algo perfecto pero irreal, un sueño; mientras que su antónimo, distopía, significa lo contrario, lo imperfecto y pesadillezco. En 1516 se publicó la primera edición de Utopía, en lo que vendría a ser la primera de las tres principales obras sobre la misma temática durante el renacimiento, imaginar a la sociedad perfecta. Las siguientes autores fueron Tommaso Campanella con La ciudad del sol en 1602 y luego Francis Bacon con La nueva Atlántida de 1626.

Sin duda, encontrar la mejor forma de gobierno ha sido una constante de la historia de la filosofía política. Desde Platón y La República, hasta, dirían algunos, el comunismo planteado por Carlos Marx. Como siempre sucede, las propuestas idealistas ofrecen solución a los problemas imperantes, aunque no deja de llamar la atención que en las propuestas más recientes lo que prevalezca es el pesimismo, de los clásicos 1984 de George Orwell y Un Mundo Feliz de Aldous Huxle, a El cuento de la criada de Margaret Atwood, por nombrar a las más famosas. Nadie escribe sobre cómo construir o cómo sería un mundo perfecto.

Diálogo del eximio Rafael Hitlodeo sobre la mejor forma de comunidad política”. Así inicia Moro su Utopía. Sin duda mucho influyó en la concepción de la obra el presente y pasado de Inglaterra, con sus constantes luchas intestinas, como la Guerra de las Rosas entre los Lancaster y York que Shakespeare toda retrataría su crudeza en la brillante Ricardo III. Por lo tanto, más que buscar explicaciones, trató de buscar la sociedad ideal.

Son varios los temas que va tocando Tomás Moro. El libro está dividio en dos partes, siendo que en la primera se hacen reflexiones en torno a diferentes condiciones que se viven en esos años, mientras que en la segunda se describe a Utopía. En la primera parte, Moro, como cualquier otro filósofo de la época, considera que el poder se centra en el monarca. Aquí no está en discusión cuál es la mejor forma de gobierno, como lo fuera en la Grecia clásica. Ya no se debate si el mejor gobierno es el de una persona, de unos pocos o de muchos.

Al concentrarse todo el poder en una persona y no se discute su legitimidad, se considera como algo natural (en un giro de la historia). Tan es así, que dice Moro que “Es el príncipe, en efecto, de quién, como un hontanar perenne, fluye al pueblo entero el caudal de todos los bienes y males”. Si el príncipe es buen gobernante, se beneficiará el pueblo, pero si por el contrario, es un tirano, al pueblo no le quedará más que soportarlo y esperar su muerte, natural o como consecuencia de alguna revuelta o traición.

Otro tema interesante es la concepción que tiene sobre la existencia de lo que hoy llamamos delincuencia. Al respecto, dice, por ejemplo, que en vez de andarle poniendo severos castigos al ladrón (que llegaban a la pena de muerte) sería mucho mejor que se le proveyera de “algún medio de vida para que nadie se viera en la cruel necesidad de robar primero y perecer en consecuencia después”. Pero no es una visión romántica del buen ladrón, del que roba por necesidad, y por lo tanto hay que comprenderlo, porque más adelante señala que “Existen las artes mecánicas, existe la agricultura; de ellas podría vivir si no fuera que les da la gana hacer malos”. Es decir, no es destino fatal ni circunstancia adversa, el delincuente decide, por voluntad propia, seguir ese camino como un acto voluntario.

Y regresando al tema de castigar al ladrón (y al homicida) con la pena de muerte, lo que se produce es que “al caer en ladrón en la cuenta de qué el riesgo que corre si le condenan sólo por robo no es menor que si lo acusan también de homicidio, esta sola reflexión le empuja a matar a quien de otra suerte se limitaría a expoliar”. Algo que deberían ver nuestros legisladores, tan dados a querer imponer cárcel a todo delito, y penas mayores a las existentes.

Moro consideraba, como buen inglés, que Utopía era una isla, que tine “54 ciudades todas espaciosas y magníficas; la lengua, las costumbres, las instituciones, las leyes son absolutamente las mismas, el mismo trazado para todas, el mismo por doquier el semblante de todos en cuanto lo permite el terreno”. Al ponerla como isla, podemos suponer que retomaba el reláto homérico que hablaba de una isla rica y perfecta llamada Atlántida, y que encontraba en la perfecta distribución de cada una de las ciudades, una armonía y belleza arquitectónica y urbanística que se trasladaba a sus habitantes.

En Utopía encontramos ese equilibrio perfecto al irnos describiendo Moro el sueño de la democracia porque “Cada 30 familias eligen todos los años un magistrado”. Además, de que “El cargo de príncipe es de por vida, si no lo impide la sospecha de que pretende la tiranía”. Y que todos pueden encontrar un trabajo porque “Hay un oficio que es común a todos, varones y mujeres: la agricultura de la que nadie está exento”. En este tema, que sería la fantasía de un economista, porque se logra un pleno empleo dado que se debe “procurar y vigilar para que nadie esté ocioso, sino que todo se apliquen las oficio asiduamente, pero también para que no esté agobiado como las bestias de carga por un trabajo constante desde muy temprano en la mañana hasta bien entrada la noche, pues es esa una penalidad más que servil, y esta es, sin embargo, la vida de los artesanos casi por todas partes”, o de los obreros, empleados y demás labores de nuestros tiempos. Solo le faltó hablar de estrés y la depresión.

Otra de los grandes temas de la filosofía ha sido el de la felicidad, y Tomás Moro no es ajeno. Señala que en UtopíaNunca discuten sobre la felicidad sin conjugar la filosofía…Ahora bien, no piensan que la felicidad está en todo placer, sino en el bueno y honesto”. Y esta constante de felicidad, bondad y, podemos agregar virtud, son características de quienes creen que las personas son escencialmente buenas.

Utopía, como toda ciudad o país, tiene muchos más circunstancias que describir, pero terminemos con lo que dice Umberto Ecco en Historia de las tierras y los lugares legendarios:

“A menudo el objeto de un deseo, cuando éste se torna esperanza, se vuelve más real que la realidad misma. Por la esperanza en un futuro posible, muchos hombres pueden llegar a realizar enormes sacrificios, y hasta a morir, arrastrados por profetas, visionarios, predicadores carismáticos y movilizador es de masas, que inflaman las mentes de sus seguidores con la visión de un futuro paraíso en la tierra (o en otra parte)”.

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