Carisma y liderazgo

Tabula Rasa

(LeMexico) – Cuenta la historia taurina que, allá en los años 30, el torero mexicano Lorenzo Garza empezaba a ser conocido, tras ir engarzando tardes triunfales como Lorenzo El Magnífico. Sin embargo, el apodo que lo acompañaría por siempre fue otro, el de Ave de las tempestades porque era capaz de pararse a medio ruedo para insultar y retar a los aficionados que le estaban cuestionando su faena. Lo anterior vine a colación porque esta semana vimos el festejo, uno más de todos los que se hacen, de la toma presidencial de 2018.

Quienes nos hemos dedicado a observar el comportamiento político podemos distinguir al menos tres clases de asistentes a esta clase de eventos: quienes van por convicción, quienes lo hacen por conveniencia y “ser vistos”, y quienes son, como suele decirse, acarreados. Lo que vimos fue algo tan natural a nuestra política que resulta innecesario incluso el mencionarlo. Mítines en el Zócalo se han realizado muchos, pero pareciera que estamos ante algo diferente, porque quien encabezó el acto fue un émulo del Ave de las Tempestades.

Nadie cuestiona que el presidente es una figura carismática, que genera adhesiones y rechazos, filias y fobias. Lo que sí cabe preguntarse es si hay algo más allá. Max Weber señala en su clásico Economía y sociedad, que existen tres tipos de dominación, a saber, la dominación legal, la tradicional y la carismática. Esta última es definida así:

“La dominación carismática es de carácter específicamente extraordinario y fuera de lo cotidiano, representando una relación social rigurosamente personal, unida a la validez carismática de cualidades personales”.

De esta forma, el carisma es algo natural e inherente a determinadas personas. Hablando en el sentido weberiano, mientras que la dominación legal y tradicional se puede heredar, la dominación carismática es intransferible a otra persona.

Para que trascienda el carisma al entorno individual, es necesario entender también a la sociedad en la que se desarrolla. En su libro Carisma, el antropólogo Charles Lindholm, considera que;

“El carisma es ante todo una relación, una fusión del yo interior del líder y del seguidor. Como la multitud que se congrega en torno del líder, posee características de susceptibilidad, abnegación e intensidad emocional que trascienden la percepción convencional de los individuos involucrados, y como los atraídos sienten que su identidad personal se pierde en la adoración del otro carismático, en la sociedad occidental se entiende que el carisma es una fuerza fuerte”.

En otras palabras, la fuerza del carisma puede terminar por formar un liderazgo que se convierte en una fusión o en una adoración hacia una persona. Sobra decir que esta mutación termina por cegar a unos y otros de los errores, defectos y excesos en que se tengan. 

Es por esto que no basta con estudiar a quien posee carisma, sino que también hay que abordar el momento y la sociedad en que se vive. Siguiendo con Lindholm:

“La comprensión del carisma implica, pues no sólo el estudio del carácter de lo carismático y los atributos que vuelven a un individuo susceptible ante la atracción carismática, sino un análisis de la dinámica del grupo carismático en que interactúa el líder y el seguidor”.

En otras palabras, no basta con tener carisma, sino que su impacto va ligado a la circunstancia social del momento. Por ejemplo, mucho se habla del carisma de algún presidente, pero se olvida que perdían una elección tras otra hasta que finalmente las circunstancias le favorecieron, como fue el caso de Luiz Inacio Lula da Silva o Salvador Allende, quienes hasta ganaron la elección presidencial hasta el cuarto intento.

Cabe señalar que personas con carisma hay muchas y en todas las actividades: artistas, deportistas, escritores, músicos, etc, y que no necesariamente todo ese carisma es positivo. También existe un lado oscuro del carisma, tal es el caso del tristemente célebre Charles Manson y su secta homicida; el pastor Jim Jones, quien llevó en los años 70 a más de 900 personas a realizar un suicidio colectivo en Guyana; más recientemente al líder de NXIVIM Keith Raniere y su secta de esclavitud sexual; o el más famoso de todos Adolfo Hitler. 

Ahora bien, es pertinente preguntarse si el carisma se convierte necesariamente en liderazgo o, por el contrario, se puede tener liderazgo sin tener carisma. Debemos entender que el concepto de liderazgo es uno de los más utilizados en los últimos años, el cual ha sido utilizado principalmente para la iniciativa privada y han escrito acerca del liderazgo de Steve Jobs o Bill Gates, así como han escrito sobre el tema la conductora y actriz Oprah Winfrey o el entrenador de futbol Alex Ferguson. En nuestro caso, nos enfocaremos más desde el punto de vista de las ciencias sociales, en especial desde la historia.

Dice Margaret MacMillan, en Las personas de la historia. Sobre la persuasión y el arte del liderazgo, que “el triunfo del liderazgo depende, entre otras cosas, de algunas cualidades inherentes como la habilidad de motivar e inspirar a los demás, pero todos conocemos a alguien de gran talento que nunca llegó a tanto como prometía”.  Es decir, ni todos los que pueden ser líderes lo quieren ser, ni todos los que quieren ser líderes lo pueden ser. Pero los que llegan a ser líderes comparten algunas características, como el tener habilidades particulares, y también el cómo usarlas. Además, no es de extrañar que los liderazgos tengan conocimiento instintivo de los momentos que les toca vivir. 

En sentido de lo anterior, se puede ubicar a Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill, como quienes se ubicaron en el lado de quienes logran cambiar la historia a pesar de las condiciones reinantes. Lo anterior nos lleva a ver que se tiene que agregar un elemento adicional, al ver que lo que mueve a los líderes es una “ambición implacable… pero la ambición por sí sola no basta nunca para crear líderes que triunfen, se necesitan persistencia y aguante…así como el sentido de la oportunidad y la buena suerte”. Discursivamente hoy en día es políticamente incorrecto decir que se tiene ambición, pero es indudable que existe y además se “tiene que contar con un ánimo dispuesto a moverse según sople el viento de la fortuna”, como dice Maquiavelo en El Príncipe. Un líder debe tener la ambición y la buena suerte para llegar a serlo.

Los líderes son, continuamos con MacMillan:

“Capaces de maniobrar entre los objetivos a largo plazo y las tácticas inmediatas, poseen a su vez la habilidad de percibir los estados de ánimo y las corrientes de su época y podían, cuando era necesario, aprender de sus fracasos y cambiar de tácticas, aunque no de opinión”.

En este punto coinciden líderes como Woodrow Wilson y Margaret Thatcher, aunque también Josef Stalin y Adolf Hitler. Es más, estos últimos “no se limitaban a querer cambiar la sociedad, creían que eran capaces de transformar al propio género humano. Y por el bien de su idea estaban dispuestos a sacrificar vidas, tantas como fuera necesario”. Tenemos pues que el liderazgo se puede ejercer para bien y para mal, todo dependerá del paso de la historia. También podemos decir que uno era carismático y el otro no.

Por su parte, John Keegan, otro historiador, en La máscara de mando. Un estudio sobre el liderazgo realiza un estudio sobre cuatro personajes de la historia que destacaron por su liderazgo durante épocas de guerra: el arrojo de Alejandro Magno encabezando los ataques de sus ejércitos, la frialdad del duque de Wellington para obtener la victoria en la batalla de Waterloo, la reverencia familiar con que Ulises Grant trataba a sus tropas en la Guerra de Secesión y al falso heroísmo en la Primera Guerra Mundial que pretendía tener Hitler.

“Aquel que conduce hombres a la guerra solo puede mostrarse ante sus subordinados a través de una máscara, una máscara que debe confeccionarse para sí mismo, pero de tal forma que lo identifique ante los hombres de su época y su lugar como el líder que quieren y necesitan”.

Keegan

El liderazgo en este estudio depende de la máscara con la cual se pretenda generar adhesiones y respaldos. Para ser hay que parecer, sugeriría algún experto en imagen de nuestros tiempos.

Por último, como nos enseña la historia, un buen líder, sea o no sea carismático, no necesariamente se convierte en un ejemplo a seguir. Está el caso de uno que “era implacable con sus subordinados y brutal con sus enemigos, que lo largo de los años llegaron a ser muchos. Mentía sin vacilaciones y les echaba la culpa a los demás de sus fallos sistemáticamente. Sus ataques de cólera eran terroríficos y, aunque era cristiano, no parecía creer en el perdón ni en el olvido. Si alguien lo hacía enfadar o simplemente dejaba de parecerle útil, lo abandonaba sin vacilación”. Así describe MacMillan a Otto von Bismark y pudiera ser que a muchos más.

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