Actores silenciosos: de Klerk y el fin del apartheid

(LeMexico) – En ciertas experiencias de cambio político se aprecian regularidades que pueden identificarse. La primera de ellas está relacionada con la intervención de actores clave en líneas de negociación orientadas a propiciar decisiones de largo plazo.

La segunda, derivada de la anterior, está vinculada con el hecho de que el actor responsable y decisivo de pilotar las reformas es el líder del gobierno. Esta figura suele recaer en un primer ministro, un presidente o el jefe de un mandato provisional (en raros casos, una junta militar).

Frederik de Klerk fue el agente institucional más importante en liderar un plan estratégico para que Sudáfrica transitara hacia un régimen democrático. Liberó a Nelson Mandela, abolió el apartheid, contribuyó a un nuevo entendimiento constitucional y convocó a las primeras elecciones abiertas y libres.

Si bien el rol de Mandela ha deslumbrado por su ejemplo de resistencia y reconciliación, de Klerk es de esos «actores silenciosos» sin cuyo liderazgo el cambio sudafricano, al menos en ese periodo y bajo esa lógica, no hubiese sido consumado.

Su evolución ideológica resulta interesante. Durante su juventud fue partidario del apartheid y, como ministro de Educación, apoyó la segregación en las universidades. En su discurso inicial como líder del parlamento, sin embargo, expuso que Sudáfrica debía adoptar una nueva visión, sustentada en superar el antagonismo y cualquier forma de dominación y radicalidad.

Poco después, como presidente del Estado Sudafricano, consciente de que el apartheid era injusto e «inmoral», apresuró los intentos iniciales y decidió emprender un conjunto de reformas en un ambiente de tensión, terrorismo y violencia política. La oposición abierta o revolucionaria de extremistas a favor y en contra de la democratización fue el entorno en el que su capacidad política era desafiada.

De Klerk condujo las negociaciones para legalizar a organizaciones, entonces clandestinas, como el Congreso Nacional Africano y el Partido Comunista Sudafricano; promovió (con una participación de 85 por ciento y casi 70 por ciento de apoyo) el referéndum restringido a ciudadanos blancos para continuar con el proceso reformista y establecer una nueva constitución; encabezó con éxito, en medio de un intenso, complejo y hasta violento activismo de grupos étnicos, extremistas blancos y antiliberales, el fin de una transición consensuada y sin rupturas.

Participó en las primeras elecciones democráticas de 1994 donde, a pesar de ser derrotado, Mandela lo denominó «hijo auténtico de Sudáfrica» y lo invitó a ocupar el cargo de vicepresidente.

De Klerk fue un entendido de su época y condición. No obstante, a nuestro parecer, es sobre todo maestro de esa cátedra recurrentemente soslayable, difícil de aceptar y asimilar por quienes han adquirido mucho o cierto grado de poder: todo político tiene un tiempo, un ciclo, una contribución y una vigencia.

Supo retirarse cuando su fuerza política era vigorosa y su luz aún brillaba, favoreciendo, con ello, la apertura y el estímulo de nuevos cuadros, nuevos líderes y una nueva generación.

Frederik Willem de Klerk vive aún, resistiéndose a la nostalgia de haber sido un extraordinario hombre de Estado, Premio Nobel de la Paz y constructor de una Sudáfrica multirracial y democrática. Los problemas de pobreza y desigualdad que hoy prevalecen no son, por supuesto, totalmente atribuibles a su legado.

Universidad Panamericana

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