La rivalidad útil de Hamilton y Jefferson

(LeMexico) – La fundación de los Estados Unidos de América continúa siendo un tema sugestivo que resguarda rincones de exploración. Naturalmente, su tratamiento es dominado por historiadores, aunque resulta de interés a quienes se involucran en el ejercicio de la política y, por mucho, para las personas que se dedican a su comprensión y sistematización.

En este conjunto de líneas intentamos combinar las perspectivas histórica y política. Nos enfocamos en el reconocimiento a dos personajes, dos sujetos políticos confrontados y disímiles, padres fundadores, ambos, de lo que habría de ser una nación poderosa.

Respetamos la metodología biográfica como estrategia cualitativa de estudio y eficaz en ciencias sociales (muy particularmente, la disciplina académica de la historia). Creemos que como resultado de centrar el análisis en el individuo podremos también descifrar el impacto que ejerció, dada sus circunstancias, sobre su realidad social.

El inmigrante que fundó una nación

Alexander Hamilton tuvo un comienzo devastador. Fue hijo bastardo en tierra caribeña, sufriendo en pocos años la orfandad materna por el azote de una peste. La furia de un huracán destruyó el patrimonio de su pariente adoptivo, lo que acentuó su abandono y precariedad.

A los 14 años consiguió financiamiento de comerciantes locales, sostienen las fuentes, para embarcarse hacia la colonia más próspera de la América británica, donde aspiraba a educación y mejor vida. Creemos que en Hamilton se materializó la creencia, en sentido pionero, de que el territorio al que emigraba era «tierra de oportunidades».

La vital mezcla de inteligencia y perseverancia rindió sus primeros frutos cuando ingresó a la Escuela de Leyes de la hoy prestigiosa Universidad de Columbia en Nueva York.

Interrumpió sus estudios para abrazar la causa independentista, movimiento en el que forjó vínculos intelectuales y fraternos con destacados miembros de la insurgencia: el Marqués de Lafayette (héroe de la revolución francesa), Aaron Burr (quien a la postre lo ejecutaría en un duelo) y el comandante en jefe de las fuerzas americanas, George Washington. De este último fue su secretario particular, asistente militar y agente clave en misiones concluyentes.

Tras el triunfo de la revolución contra los ingleses, Hamilton participó en la redacción de la carta constitucional y contribuyó notablemente en producir lo que a nuestro juicio es el primer tratado de teoría política americana.

Debatió y defendió sus posturas en más de la mitad de los papeles de El Federalista, buscando convencer a autoridades y habitantes de las antiguas colonias en torno a la conveniencia de impulsar, para el país emergente, un sistema político novedoso, federado, presidencial, representativo y equilibrado, con capacidades militares, de crecimiento económico y estabilidad política. Dichos escritos son considerados el fundamento del sistema de Gobierno de los Estados Unidos de América.

Con la consolidación de la independencia, formó parte de la administración federal, destacando su posición como secretario del Tesoro, no sin haber enfrentado un accidentado proceso de intercambios, relaciones y aprobación legislativa.

Junto a su histórico papel como fundador de la primera nación en el nuevo continente, su lucidez financiera le valió trascender como padre de la política económica americana. Destacaron sus propuestas impositivas, comerciales y en deuda pública, visionariamente proyectadas en el contexto de aquel mundo. No está de más recordar que desde tiempos de la gran depresión la figura de Hamilton está sellada en los billetes de diez dólares.

El presidente ilustrado

La trayectoria de Thomas Jefferson entra en evidente oposición a la que Hamilton enfrentó. Nació en lo que sería la primera colonia británica en suelo americano. Fue educado, formado y cobijado dentro del seno de una familia numerosa y tradicional, de latifundistas y comerciantes pudientes.

Las fuentes históricas registran que a los diez años Jefferson era políglota y que su rutina educativa abarcaba la mitad del día. En el umbral de su adolescencia poseía ya conocimientos avanzados de matemáticas y ciencias, historia y estudios clásicos, música, teología, teoría iusnaturalista y liberalismo político. Durante esa etapa, tras la muerte de su padre, emprendió la producción de tabaco como hacendado esclavista, en Monticello, Virginia, sitio de su residencia y plantación.

Abogado y asambleísta durante el estallamiento del conflicto, no hemos encontrado referencias que aludan a actividades bélicas durante la emancipación colonial. Combatió, más bien, con ideas libertarias, convicciones republicanas y una erudición aplastante de efectos prácticos.

Fue redactor del primer borrador de la Declaración de Independencia, escenario que puede ser rastreado y «reimaginado» en la ciudad de Filadelfia, concretamente, en Graff House.

Exceptuando la esfera judicial, Jefferson ocupó, en un cuarto de siglo, cargos que superan la trayectoria política de cualquier estadista.

Representante por Virginia en la cámara baja durante el dominio inglés; delegado al segundo congreso continental; legislador estatal y gobernador; congresista federal, diplomático y secretario de Estado; candidato presidencial, vicepresidente y presidente número 3 de los Estados Unidos.

Importa resaltar, adicional a ello, que sus relaciones con la ilustración europea y su pasión por el arte arquitectónico pudieron ser desarrolladas durante su estadía en Francia.

El choque de dos mundos

Desde sus primeros encuentros, Hamilton y Jefferson, dos inteligencias incontenibles, confrontaron reciamente en el campo de la política. Si bien coincidían en torno a los fundamentos ideológicos del nuevo sistema, el principal punto de conflicto se observó en sus enfoques de economía, específicamente, la política fiscal.

Hamilton apostaba por un banco central habilitado para asumir las deudas de los estados y generar, desde el centro, un ente nacional económicamente vigoroso.

Jefferson cuestionaba esta responsabilidad compartida y defendía, seguramente sustentado en el manejo crediticio de Virginia, que cada estado fuera responsable de sus pasivos. Su postura, en este sentido, buscaba preservar los principios de libertad económica y suprimir la idea de adquirir una deuda federal.

La discordia escaló al grado de que Jefferson equiparó a Hamilton y seguidores con militantes conservadores y «monárquicos», enemigos del republicanismo. Las tensiones se multiplicaron en virtud de que Hamilton requería de la ratificación del Senado para su designación al frente del Tesoro, asamblea presidida por Madison y controlada por Jefferson, indirectamente, dada su amistad con él.

A ello se sumaban las relaciones que como secretario de Estado Jefferson sostenía con influyentes legisladores y políticos republicanos de todo el país, quienes disputaban con Hamilton y los denominados federalistas.

El poder de una cena

El disenso, sin embargo, abrió paso al acuerdo, estableciendo un precedente en las relaciones políticas de los Estados Unidos. Cierta ocasión Jefferson convocó a una cena a la que asistieron, entre otros, James Madison, su aliado, y Hamilton, su rival.

Se desconocen realmente los detalles de ese encuentro. No obstante, lo que resulta un hecho es que las aprobaciones en el Congreso, un par de días después, revelaron lo que ambos adversarios lograron fraguar en esa cena a la par de otros notables.

De manera unánime Hamilton obtuvo su ratificación como secretario del Tesoro a cambio de modificar algunos términos de su plan fiscal. Coincidió con Jefferson en cuanto a que la capital de la nación (otro aspecto importante de la controversia) se asentara en un distrito independiente cuyo territorio debía ceder Virginia. Eso explica por qué el Potomac, vale apuntarlo, es hoy una frontera bastante discreta entre aquél estado y el Distrito de Columbia.

Aun cuando en lo sucesivo las confrontaciones entre ambos personajes no remitieron, Hamilton apoyó a Jefferson en sus aspiraciones presidenciales en lugar de a su amigo Burr, quien, por este hecho, lo retó y lo abatió (algunas fuentes sostienen que murió días después de la contienda).

Jefferson terminó distanciándose del vencedor, argumentando que su pragmatismo había sido superado por las razones de Hamilton, quien ponderó su designación por preservar el Estado.

Hamilton y Jefferson coincidieron, con todo, en un ideal que debe ser indiscutible e innegociable: construir con base en la libertad y el progreso. Hamilton y Jefferson son dos columnas políticas que continúan agitando la memoria ideológica e intelectual de los Estados Unidos. La gran lección desprendida de estos testimonios es que la rivalidad entre actores políticos determinantes puede ser, bajo ciertas condiciones, decisivamente útil en el diseño de sistemas, gobiernos e instituciones.

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