Ni pobres ni vulnerables: la otra cara de la economía mexicana

(LeMexico) – Los estudios sobre evaluación de la política social giran en torno a la estimación de los porcentajes de personas en situación de pobreza, carencia o vulnerabilidad. Sin embargo, el interés no suele acentuarse sobre el porcentaje de personas que ni son pobres ni vulnerables.

Isaac Katz, un notable economista mexicano formado en la Universidad de Chicago, ha puesto el énfasis en esta otra cara del fenómeno. Lo ha hecho tanto por la realidad de las cifras que se exponen en las estimaciones de pobreza multidimensional 2018 y 2020 del Coneval, como porque esta línea de análisis, la de ni pobres ni vulnerables, parece tener un déficit de atención entre especialistas y divulgadores.

Una simple revisión a las fuentes de algunos organismos que miden la pobreza (por ejemplo, PNUD, Cepal o Banco Mundial) corroborará que se tienen mediciones de los porcentajes de población en pobreza y pobreza extrema, sin desagregar, específicamente, los segmentos de su contraparte. No debe suponerse que de un simple ejercicio aritmético se deduzca, a partir del resto, el porcentaje de personas sin carencias ni padecimientos de alguna vulnerabilidad económica o social.

Los datos sobre México arrojan que 23.5 por ciento de las personas está en una condición socioeconómica aceptable. Significa que esta población cuenta con recursos suficientes para adquirir los bienes y servicios que satisface sus necesidades alimentarias y no alimentarias, que puede acceder a educación y atención en salud, y que tiene seguridad social y vivienda con sus servicios básicos.

En un lenguaje menos técnico, se refiere a las personas que pueden vacacionar; acudir a restaurantes; adquirir su despensa en tiendas de autoservicio; comprar sus artículos personales en establecimientos departamentales, ser sujetos de crédito o transitar y consumir en centros comerciales y de esparcimiento. Con su capacidad de consumo, esta población activa el ciclo productivo y dinamiza la industria, el comercio y el empleo. Podría decirse que esta proporción de personas no pobres, no carentes y/o no vulnerables evidencia lo exitosa que está siendo la economía de un país.

Con todo, esta cifra, que es inferior a un cuarto de la población, resulta por demás asimétrica cuando se trata de México, la economía número 15, respecto a 193 países, por volumen de PIB. Las razones enunciadas por los economistas sobre esta relación discrepante seguramente radicarían en la desigualdad como problema crónico y extremo; la profunda concentración del ingreso y la riqueza; las fallas de la política antipobreza o, por citar una hipótesis ampliamente aceptada, la debilidad de las instituciones políticas y la influencia de las fuerzas económicas que monopolizan y «extraen».

Informes y estudios de organismos internacionales han calculado los efectos que ha provocado el COVID-19 en términos de incremento de la pobreza. En el caso de México, comparando 2020 con 2018, produjo 3.8 millones más de pobres y pobres extremos, así como 1.3 millones más de vulnerables por ingresos. No obstante, medio millón de personas se agregó al «selecto» grupo de no pobres y no vulnerables, lo cual no implica que deba verse como un saldo favorable: el crecimiento poblacional fue superado por los más de 2.1 millones de pobres extremos. ¿Cómo se infiere esta afirmación? Porque los no pobres/no vulnerables decrecieron 0.2 por ciento en 2018-2020 (de 23.7 a 23.5).

Como se observa en el gráfico precedente, en los 12 años que Coneval lleva midiendo este segmento, los comportamientos a la baja han tenido lugar, además de 2020, en el último tramo de la administración del presidente Felipe Calderón (-0.1). Destaca, así mismo, que mientras en 2008 el porcentaje de población no pobre y no vulnerable fue de 18.7, una década después, en 2018, alcanzó su punto más alto al registrar 23.7 por ciento.

Sería interesante contrastar, a lo largo de los años, los porcentajes de población no pobre/no vulnerable en el entorno latinoamericano a efecto de encontrar semejanzas y diferencias que nos auxilien a comprender las causas de estas realidades. Dicho sea de paso, permitiría inferir lo que se ha hecho bien y no tan bien.

La irregularidad mexicana, subrayada por ese 23.5 por ciento que alumbra el otro rostro de la economía del país, debería ser justamente valorada en términos de investigación. A fin de cuentas, la naturaleza de las políticas de combate a la pobreza está encauzada a reducirla, así como a que cada vez más personas, social y económicamente, dejen de ser pobres, carentes y vulnerables.

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