Tomar decisiones

Tabula Rasa

(LeMexico) – Siempre sentimos que nos falta algo. Esa sensación nos es tan común que poca atención préstamos a sus efectos.

Antes de la pandemia, en las grandes ciudades la gente se quejaba amargamente del tiempo que le llevaba en trasladarse de su casa al lugar de trabajo y viceversa. Aunque esa situación no ha variado en algunos casos, el realizar las labores ya sean de trabajo, de oficina o escolares desde el hogar sin desplazarse físicamente por la ciudad, no ha representado un cambio en el uso del tiempo. Es común escuchar la frase de que ahora trabajan más o que pasan mayor tiempo pegados a la computadora. La sensación sigue siendo la misma, la falta de tiempo persiste.

Lo anterior significa que, en este caso, nosotros mismos tomamos una mala decisión, porque ya no es sólo una frustración por el hecho de que el tiempo que se creía iba a estar de nuestro lado, sino por las expectativas que pusimos en el cómo íbamos a aprovechar ese tiempo: leer aquella novela pendiente, ver alguna serie o película, hacer arreglos a la casa, aprender alguna manualidad. Nada de lo imaginado en las horas de traslado se cumplió, el tiempo que no empleado para ir de la casa a los centros de trabajo o estudio terminó en más trabajo o estudio. Lo peor es que como nada se cumplió, la realidad nos causa frustración. Y entonces, nuevamente, caemos en la misma trampa.

Cada inicio de año se abren nuevas puertas a malas decisiones. Los primeros días de enero son tradicionalmente el momento de las autopromesas. Una de ellas, quizá la más socorrida después de toda la comida y bebida que ingresaron a nuestros organismos durante las fiestas decembrinas, es la de iniciar una dieta. Y con esa idea en mente se programa el año: se paga la inscripción a un gimnasio y, ¡faltaba más! Nos compramos ropa una talla más chica porque entre la dieta y el ejercicio sin duda nos quedará perfecta la ropa.

El primer ataque del carrito de postres y la tentación de la rosca de reyes y de los tamales de la candelaria, no son considerados como el verdadero enemigo: la falta de tiempo para el ejercicio y para ir al supermercado a comprar toda la lista de comida que se requiere para seguir una dieta. Así, mientras el tiempo escasea, dejamos de ir al gimnasio y la ropa nueva se empolva en el fondo del armario junto con nuestro optimismo de principio de año.

En estas épocas es de conocimiento común que ciertas acciones son dañinas para nuestra salud mientras que otras son benéficas, como por ejemplo fumar o tomar alcohol en exceso, y aún con ese conocimiento previo, la gente sufre por sus malos hábitos. El efecto del tabaco es a largo plazo, pero las consecuencias de tomar alcohol en exceso vienen a la mañana siguiente de una noche de fiesta y es común que la gente se sienta mal (no solo físicamente), con remordimientos por no haberse contenido la noche anterior.

Entonces la trampa se vuelve a abrir. En este caso podríamos pensar que entre las promesas y juramentos de no volver a tomar en la vida, promesa que por cierto suele durar hasta el siguiente fin de semana, lo que en realidad afecta (además del dinero gastado) fue esa decisión de tomar un trago más.

Cada uno de los tres casos anteriores pueden considerarse como variados aspectos de la vida con un desenlace distinto al que pensábamos. Y como estos ejemplos hay muchos más, lo cierto es que por uno u otro motivo, tomamos ciertas decisiones que a simple vista nos parecen erróneas y ponen en duda aquello de que el ser humano es un ser racional, o al menos no lo es todo el tiempo. Sin duda, cuando la razón se pone del lado de la ciencia y de la investigación, cuando suele haber debates sobre los alcances y deficiencias de los trabajos en curso, los resultados han sido espectaculares para la humanidad. 

De forjar el hierro a la invención de la máquina de vapor, o los espectaculares resultados de los últimos meses, como elaborar al mismo tiempo diferentes vacunas para una misma enfermedad en tiempo record (los plazos naturales a inicios de 2020 eran de 15 años, luego se redujo la expectativa a 4 años y terminó por completarse el ciclo en menos de 1 año), o el caso del descenso del Perseverance en la superficie de Marte hace apenas unas horas. La historia de la ciencia está llena de éxitos. La razón al servicio de la humanidad.

Como lo señala el psicólogo Steven Pinker en su más reciente libro En defensa de la ilustración:

“La oposición a la razón es, por definición, poco razonable. Pero eso no ha impedido que un montón de irracionalistas prefieran el corazón a la cabeza, el sistema límbico a la corteza cerebral, el parpadeo al pensamiento”.

Para explicarlo en otros términos, Pinker consideraría casi como un acto de voluntad el ser irracionalista, como por ejemplo aquellos que en estos tiempos defienden la teoría de que la tierra es plana o que el universo fue creado por un orden divino. 

Sin embargo, existen casos donde no hay un acto de voluntad irracional, sino que la mala decisión es inducida. Por ejemplo, una familia que pocas veces sale de vacaciones más allá de los entornos más cercanos al lugar donde viven. Un día, tras ahorrar el dinero suficiente, deciden ir de vacaciones por primera vez a Cancún un fin de semana.

Una vez ahí, personal de ventas del hotel se les acercan y le ofrecen a la familia la posibilidad de comprar un tiempo compartido a 99 años. Al regresar a su casa, se dan cuenta de que el dinero no sobra y que además tienen una deuda adicional.

Se percatan de que sencillamente tomaron una mala decisión. Una situación similar también les pasa a familias con más recursos que de repente se ven debiendo un tiempo compartido en Nueva York. Malas decisiones tomamos todos.

Dan Ariely en Las trampas del deseo, donde desarrolla una teoría en torno a controlar impulsos irracionales que nos llevan constantemente al error, nos cuenta el siguiente ejemplo. Nos vamos a comprar una playera que cuesta 500 pesos, pero da la casualidad de que nos llega un aviso al celular de que en otra tienda que está a 15 minutos de distancia caminando, la misma playera se encuentra en 350 pesos, y decidimos ir a la otra tienda.

Otro día, nos vamos a comprar un traje que cuesta 10 mil pesos, y en ese momento nos llega otro aviso indicando que en otra tienda a 15 minutos de distancia, el mismo traje tiene un precio de 9,850 pesos, y tomamos la decisión de comprar el traje en la tienda en la que estamos. ¿Cuál es la diferencia si es la misma cantidad de ahorro (150 pesos)? Que para la playera el ahorro es en términos porcentuales del 30% mientras que para el traje es de 1.5%.

Ariely dice que el entorno relativo en el que tomamos decisiones influye de manera definitiva. En este sentido, la decisión de inscribir y pagar un gimnasio puede obedecer al impulso de nuestro grupo de amigos para que vayamos todos juntos y no por un auténtico deseo de ir al gimnasio.

Aunque la economía y la ciencia política nos hayan dado teorías de la elección racional, la verdad es que nos equivocamos mucho y de manera cotidiana. En el libro que ya es un clásico, Pensar rápido, pensar despacio, Daniel Kahneman nos dice que básicamente nos guiamos por dos sistemas. Uno, que es espontáneo, rápido, intuitivo, donde el “sistema 1 es el que produce las interpretaciones del mundo, los deseos, las impresiones, que se convierten en creencias”; y tenemos el sistema 2 que es el reflexivo, lento y complejo. Por ejemplo, el sistema 1 se encarga de contestar cuánto es 2 por 2, o cuál es la capital de París, y el sistema 2 se encarga de responder cuánto es 13 por 20 o cuál es la capital de Noruega o República Dominicana. En no pocas ocasiones preferimos no usar el sistema 2.

Lo anterior no quiere decir que estamos condenados a equivocarnos permanentemente, bueno, de hecho sí. Más bien, lo que debemos tener presente es que habrá ocasiones en que por las prisas, por las presiones del entorno, por el espíritu de la época, nuestra toma de decisiones quizá no sea la más racional. Podemos equivocarnos menos si nos detenemos a reflexionar un poco en vez de decidir de manera rápida. Esto es útil para todos los aspectos de la vida.

Pero resulta que “las personas tienden a cometer errores predecibles” y lo que se requiere es de encontrar “cualquier aspecto de la arquitectura de las decisiones que modifican la conducta de las personas de una manera predecible sin prohibir ninguna opción ni cambiar de forma significativa sus incentivos económicos” nos dicen Cass R. Sunstein y Richard Thaler en “Un pequeño empujón”. 

Por ejemplo, mencionan que el número de personas que están a favor de la donación de órganos es mucho mayor que la donación en sí. Tradicionalmente, las personas dejan por escrito su voluntad de donar sus órganos en caso de un accidente, pero si invertimos el requisito a que las personas dejen por escrito su voluntad para no donar sus órganos, se incrementa notablemente la donación. Un simple cambio ayuda a la decisión.

Por otra parte, podemos apreciar que el escenario político está montado para que prevalezcan las emociones, que siempre son intuitivas y rápidas por encima de lo reflexivo. Pero aún, la política se ha convertido en un apasionamiento desbordado, cercano al peor fanatismo futbolero en épocas de los hooligans ingleses, donde a nuestro equipo le perdonamos las fallas, donde no vemos o hacemos que no vemos si hacen trampa y consideramos que los rivales como enemigos mortales.

Por supuesto, al llegar a las urnas, nuestro voto se orienta más por la emoción que por la información, y terminamos eligiendo a los menos idóneos. “Las reglas del juego están hechas para sacar a relucir lo más irracional de las personas” nos recuerda Pinker, “los votantes tienen voz y voto en temas que no les afectan personalmente y jamás tienen que informarse ni justificar sus posiciones”. Hay que construir una nueva arquitectura de las decisiones.

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