El estruendo

Tabula Raza

Mientras observábamos atónitos las escenas de la entrada al Capitolio por parte de los seguidores de Donald Trump, los Estados Unidos estaban orgullosos de su democracia y se consideran superiores a los demás países. Basta ver la despectiva expresión del ex presidente George Bush diciendo que parecían país bananero. Sin embargo, lo sucedido nos ha traído a la mente varias escenas similares.

En México hay muchas historias similares, protagonizada por ciudadanos y por los mismos legisladores, desde las pintorescas máscaras de cochino hasta la irrupción del entonces líder de el Barzón, hoy diputado y expresidente de Morena, entrando montado en un caballo a través de los destrozados cristales de la puerta principal de la Cámara de Diputados. Eventos que, por cierto, no han pasado de lo anecdótico.

No han faltado las voces que han equiparado al estruendo de vidrios y puertas destrozadas con un golpe de Estado o con un autogolpe de Estado. Aclaremos un poco. Golpe de Estado es “la incautación por parte de un grupo de militares o de las fuerzas armadas en su conjunto, de los órganos y las atribuciones del poder político, mediante una acción sorpresiva” (Carlos Barbé, Diccionario de Política). Es decir, un golpe de Estado es cuando los militares toman el control del Congreso, de los Tribunales, de los medios de comunicación y por supuesto, de la presidencia. 

De las experiencias más dolorosas han sido el golpe de Victoriano Huerta a Francisco I. Madero en México y el de Augusto Pinochet a Salvador Allende en Chile, ambos promovidos en su momento por la embajada de los Estados Unidos. Por otra parte, el autogolpe de Estado es una expresión (¿o categoría?) surgida en Perú cuando en 1992 el entonces presidente Alberto Fujimori, con el apoyo de las fuerzas armadas, tomó el control de la Corte y del Congreso, disolviéndolos y convocando a nuevas elecciones donde no tuvo espacio la oposición. Como es sabido, en la irrupción al Congreso no participaron las fuerzas armadas, por lo que ese simple hecho cancela el uso del concepto de golpe de Estado.

Si las fuerzas armadas no participaron, cabría la posibilidad de pensar que fuera una especie de revolución, pero una revisión rápida al concepto nos señala que tampoco es así. “La revolución es un acto de derrocar a las autoridades políticas vigentes, casi siempre mediante el recurso de la violencia y la guerra civil” (Fernando Díaz Montiel, Léxico de la política). Las personas que entraron al Capitolio no trataban de derrocar al poder legislativo, simplemente querían cambiar el resultado de una elección, por lo que tampoco eran como los revolucionarios de la toma de la Bastilla en París, ni los que asaltaron el Palacio de Invierno en San Petesburgo, no querían una nueva persona en el poder sino mantener a quien ya está en el poder.

El estruendo ha confundido a todos. Sabemos que algo malo pasó, pero no alcanzamos a definir qué ni cuáles van a ser los alcances y consecuencias. No fue golpe ni autogolpe de Estado, mucho menos un intento de revolución, ni tampoco fue un acto terrorista como lo fue el ataque a las torres gemelas.

En lo inmediato dejó claro que Estados Unidos se convirtió en aquello que siempre atacaba, en “una democracia débil incapaz de evitar que la violencia y el derramamiento de sangre estropeen la transición del poder de un líder a otro” como dice Emma Ashford  en “America Can’t Promote Democracy Abroad. It Can’t Even Protect It at Home” publicado ayer en Foreign Policy. La irrupción violenta ha venido a darle un golpe adicional a la democracia estadounidense y aquí es donde radica el peligro.

La democracia, desde la Grecia clásica, se consideraba como una forma buena de gobierno, pero la menos deseable porque existía la posibilidad de que cayera en manos de un demagogo. Aristóteles en La política, considera que “el demagogo es el adulador del pueblo”. Para evitar lo anterior, la democracia necesita de leyes e instituciones confiables para la ciudadanía y no caer en manos de un demagogo que pueda cambiar leyes e instituciones a su antojo. La fortaleza de la democracia está en torno a su aceptación, pero su debilidad es tal que puede quebrarse en cualquier momento.

Quienes irrumpieron en el Congreso de los Estados Unidos fueron personas normales o, mejor dicho, fueron ciudadanos sin atributos por tomar una expresión de Mercé Rius, en el sentido de que la ciudadanía moderna se informa y mediante el debate se llegan a acuerdos. Sin embargo, cuando se crean toda clase de teorías, o claras mentiras, sin ningún fundamento con la realidad diseñadas expresamente para dañar, injuriar y debilitar a personas o grupos en específico, la ciudadanía se queda sin esos atributos, que le dan fortaleza y son presa de cualquier líder que avalen o propaguen dichas teorías y mentiras. No es casualidad que los líderes le hablen al pueblo y no al ciudadano.

De manera natrual, a partir de la llegada al poder de Trump, se desató una serie de textos donde cuentionaban las consecuencias que traería su presidencia, como por ejemplo el best seller La Muerte de la democracia. En su mayoría, los análisis se centran en la figura del presidente, ya sea en Estados Unidos o en cualquier otro país, porque con acciones hoy denominadas como populistas, quieren imponer su visión de forma personalísima por encima de los candados que ofrece la democracia. Tradicionalmente, a la democracia la debilitaban sus opositores, hoy es dinamitada desde dentro.

En la década de los 80, Juan Linz nos hablaba en La quiebra de la democracia más de factores sistémicos más que personales. En este sentido, Linz consideraba que dentro de una democracia coexistían la parte del gobierno con la oposición y que esta se subdividía en oposición leal, semileal y desleal.

La oposición leal se mantenía dentro de las reglas del sistema, mientras que la desleal lo hacía por fuera del mismo. Por su parte, la oposición semileal juega con las reglas del sistema pero a la vez realiza “ataques al sistema político en general, difamación sistemática de los políticos en los partidos del sistema, la obstrucción constante del proceso parlamentario”. Si el presidente ya no es el guardián de la democracia, el partido en el poder se puede comportar como si fuera una oposición desleal.

La fragilidad de lo sucedido el miércoles está en el hecho de que ni siquiera es que haya sido un ataque planeado, un complot largamente fraguado. Lo grave es que el diario golpeteo lanzado desde la presidencia, como gota cayendo cosntantemente sobre una piedra, logró penetrar en la aparentemente inquebrantable democracia. 200 años de tradición donde se aceptaban los resultados electorales aunque las formas dejaran algunas dudas (Richard Nixon en la elección de John F. Kennedy o Al Gore en la de George W Bush). 

Tras el estruendo se buscan reponsables. Evidentemente, en primer lugar está el todavía presidente de los Estados Unidos, cuya responsabilidad es inobjetable, tan es así que en protesta han renunciado miembros de su gobierno y varios legisladores, incluyendo a los de su propio partido, han pedido su renuncia, destitución o que se le inicie un proceso judicial. En segundo lugar, están las personas que ingresaron al Capitolio. También tienen su responsabilidad todos los creadores de teorías conspiracionistas. 

Finalmente, con una gran carga de responsabilidad quedan los miembros del Partido Republicano y los miembros del gobierno, por preferir en el mejor de los casos, callar y voltear la vista hacia otro lado antes que denunciar y oponerse a los despropósitos de Trump; por anteponer el cálculo político y el interés personal por sobre la congruencia; por no defender las leyes y las instituciones y dejarse avasallar por las ocurrencias del presidente. En pocas palabras por ser cómplices, porque sin la complicidad de todos los republicanos (con algunas honrosas excepciones) un personaje como Trump hubiera sido inimaginable. Ya lo dice Larry Diamond en su artículo del 7 de enero,  “The Capitol Siege Is the Wake-up Call America Shouldn’t Have Needed. Elite Enabling of Populist Tyranny Can Doom Democracy” en Foreign Affairs:  “incluso el demagogo más carismático no puede prevalecer por sí solo. Necesita cómplices. Se necesita un partido para subvertir la democracia”.

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