Tabula Rasa

Metamorfosis del chapulín

No vamos a hablar de la mítica novela de Franz Kafka ni de la espléndida nueva novela de Ian McEwan, La cucaracha. Tampoco nos referiremos a un estudio de biología ni nada por el estilo, aunque sí tenga referencia a un cierto darwinismo social. Es más, ni siquiera hablaremos del chapulín más famoso del mundo, el chapulín colorado Vamos a referirnos sobre un tipo de comportamiento por el cual a los políticos mexicanos se les denomina chapulines, en referencia a la capacidad que tiene estos insectos (me refiero a los chapulines) para brincar de un lado a otro.

Por años se daba una especie de reelección que dio origen al término de chapulinismo: cuando los legisladores “saltaban” de un puesto de elección popular a otro. Por ejemplo, se podría dar el caso de que fuera de forma consecutiva diputado federal, senador, diputado local, diputado federal, etc. La crítica se centraba en que tenían que pedir licencia a un cargo (renunciar a su puesto, así sea temporalmente) para el cual prometieron y juraron que cumplirían hasta el fin. Por ejemplo, para la elección de 2018, 76 legisladores pidieron licencia y volvieron después de la elección.

Se podría decir que este ir y venir en diferentes congresos traería, por lo menos, una cierta especialización en temas parlamentarios, pero nunca fue así. Lo que pasaba es que a los legisladores que empiezan sus carreras en el Congreso se les asignan lugares en la Cámaras de menor impacto, mientras que los veteranos buscan escalar a Comisiones de mayor peso, como es el caso de la de Presupuesto y Cuenta Pública que se encarga de dictaminar el presupuesto de egresos. Entonces, conforme iban progresando las carreras políticas, los legisladores difícilmente repetían en las comisiones donde habían estado antes. Existían los chapulines, pero no se daba una especialización parlamentaria.

El chapulín empezó a mutar cuando la competencia electoral se fue implantando por todo el país, cuando los políticos se dieron cuenta de que el salto podía ser de un partido a otro. Ya no era necesario ser parte del PRI para ganar una elección. De hecho, renunciar al PRI para sumarse al partido de moda, que podían ser el PAN o el PRD, podía incluso sumarles adeptos.

De esta forma, en los historiales de muchos políticos, especialmente en la izquierda, se pueden apreciar que han llegado al parlamento apoyados por diferentes partidos políticos, más por una condición de cálculo político que por una cuestión de identidad partidista o de afinidad con algún tipo de ideología. El listado de chapulines que han ido de un partido político a otro y a otro (porque no se conformaban con sólo un cambio) es larguísimo.

Existe otro tipo de chapulín, uno colectivo, que es el que protagonizan los partidos políticos donde en aras de intereses estratégicos (ganar elecciones) forman alianzas con otros partidos con los que habitualmente estaban enfrentados. Si bien este tipo de alianzas son normales y comunes en los sistemas parlamentarios donde la formación de gobiernos se le encarga al partido que más votos tuvo, pero que además tiene que superar cierto umbral de representatividad, o de lo contrario tiene que hacer alianzas con otros partidos, aunque sean opuestos ideológicamente. De este tema mucho han hablado Giovanni Sartori en Partidos y Sistema de Partidos, Angelo Panebianco en Modelos de Partido o Arend Liphart con Sistemas Electorales y Sistemas de Partidos, por sólo mencionar a algunos.

Lo que distingue al partido chapulín mexicano es la capacidad para hacer alianzas a diestra y siniestra, siendo el mejor ejemplo el Partido Verde Ecologista de México (PVEM). En las elecciones de 2000 van en alianza con el PAN para apoyar la candidatura de Vicente Fox. Para las elecciones de 2006, 2012 y 2018 cambian de aliado y apoyan a los diferentes candidatos del PRI. Lo curioso es que en las más recientes elecciones, el PVEM a pesar de competir en alianza con el PRI, para el momento de la instalación del Congreso, cambia nuevamente y une fuerzas con Morena. Se les podrá criticar la falta de coherencia ideológica, mas no de olfato para el principal cálculo político: estar con el ganador.

Y así llegamos al 2018 y el chapulineo a todo lo que da. La cuestión es sencilla y nos referiremos exclusivamente a la Cámara de Diputados. Tras las elecciones de ese año, la coalición formada por Morena, el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Encuentro Social (PES) lograron la mayoría para el Congreso. Debemos apuntar que si bien los votos por separado de los 3 partidos se suman a la coalición, la diputación se le otorga al partido que nominó al candidato. Así, sumando los diputados de mayoría relativa y de representación proporcional, a Morena le tocaron 191 diputados, al PT 61 y al PES 56. Hasta aquí todo normal.

De acuerdo con la legislación vigente, la presidencia de la Cámara de Diputados se turna anualmente entre los 3 partidos con mayor número de representantes, y lo que es el principal órgano de gobierno, la Junta de Coordinación Política (Jucopo), se le puede quedar los 3 años de la legislatura el partido que tenga más de 250 diputados. Con los resultados que ya vimos, la presidencia de la Cámara de Diputados le tocaría en orden cronológico a Morena, PAN (tuvo 80 diputados en total) y al PT, mientras que la Jucopo también sería rotatoria entre los tres partidos al no tener ninguno la mitad más uno de legisladores. Pero vino una metamorfosis más del chapulín.

Un boletín del 3 de septiembre de 2018 emitido por comunicación social de la Cámara de Diputados señala que, para la instalación e inicio de labores de la legislatura, Morena había ascendido milagrosamente de 191 a 247, mientras que el PT se quedaba con 29 y el PES con 31 diputados, lo que le permitió al PRI convertirse en la tercera fuerza electoral en la Cámara de Diputados con sus 47 representantes. Lo que han aceptado públicamente los dirigentes del PT y del PES es que le “cedieron” diputados de sus partidos a Morena para conformar una mayoría.

Un “milagro” mayor ocurriría cuando al instalarse la Jucopo, Morena ya tenía 252 representantes, cortesía del PVEM, quien, supongo de manera desinteresada, le pasó 5 de sus representantes. Con este movimiento, Morena aseguró la Jucopo para los tres años de la legislatura. Por supuesto que el brincoteo no paró ahí. Por cierto, en declaraciones del coordinador de los diputados del PVEM, el traspaso fue “baratísimo” porque a cambio se pidió impulsar como prioridad legislativa la atención a niños con cáncer. Por supuesto, ese tema ya no se toca.

La reciente elección de la presidencia de la Cámara de Diputados nos enseñó que el chapulineo metamorfoseo en cochinero.  El PT alegaba que les correspondía a ellos porque tuvieron más diputados que el PRI, lo cual es cierto después de las elecciones, pero cuando se instala la Cámara ya le habían cedido diputados a Morena y, con ello, su tercer lugar en cuanto a fuerza parlamentaria. Aprovechando la falta de ética y de escrúpulos prevaleciente en muchos políticos, el PT fue incorporando legisladores a su causa, incluso en medio de acusaciones del PES de que el PT trataba de comprar a sus legisladores ofreciéndoles 5 millones de pesos y promesas de futuros cargos o candidaturas. Incluso un legislador de Morena se incorporó al PT, con lo que Morena perdería la mayoría de los diputados y por lo tanto la Jucopo. Esa misma tarde, sin recato alguno, el legislador anunció que retiraba su adhesión al PT y regresaba a Morena.

A final de cuentas, la distribución parlamentaria quedó con el PRI, que ya había disminuido a 45 legisladores, aumentó a 50 por cortesía del PRD y con la presidencia de la Jucopo. El PT, que subió de 29 a 46 gracias a todos estos brincos entre grupos parlamentarios, anunció ofendido que hubo operación de Estado (o sea, del gobierno) a favor del PRI. Vaya cinismo.

Lo que en el fondo hay detrás de todo esto es un desprecio hacia los ciudadanos que depositan los votos por un candidato que es apoyado por un partido en específico. Si de por sí ya es cuestionable que anden de un partido a otro los ganadores de elección mayoritaria, lo es más cuando son electos por representación proporcional, porque ahí el lugar se lo deben a los votos que obtuvo el partido en cada circunscripción nacional.

La salida es legislar y poner candados. Por ejemplo, si el diputado que fue electo por el principio de representación proporcional renuncia al partido que lo llevó al Congreso, en automático debería perder su curul. Si es de mayoría legislativa, el que renuncia no pierde su curul, pero no se puede integrar a otra fracción parlamentaria en un plazo menor a 6 meses. En fin, se debe abrir la discusión para dignificar la representación legislativa, como en su momento se legisló para acabar con las peyorativamente llamadas diputadas Juanitas, en honor a ese otro vergonzoso capítulo de la política mexicana, la del candidato Juanito en Iztapalapa allá en 2009.

Cuando tanto se llama a purificar la vida pública, debemos tomar la palabra y erradicar esos principios que guían todos estos chapulineos y que los expresara de la mejor forma Groucho Marx cuando le atribuyen el dicho de: “damas y caballeros, estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”.

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