El significado político del cuerpo de las mujeres latinas en Miami

Las nuevas cenicientas visten Louis Vuitton

“La  novela  se  llamaba   Sin  Tetas  no  hay  Paraíso,
pero aquí en Miami en realidad es…  sin culo no hay paraíso”

Jasmín: camarera de la discoteca Mangos, Miami, Florida

En la actualidad, las nuevas cenicientas ya no calzan zapatillas de cristal, sino zapatos tenis Nike. Sus príncipes azules conducen carruajes BMW y Mercedes Benz, aunque a muchos de ellos les falte el pelo y les sobren las chequeras. Las nuevas cenicientas ya no son ilustradas en coloridos cuentos infantiles, sino seguidas en instagram y en facebook. En realidad no buscan ganar amigos en las redes sociales, sino fans que compulsiva y pavlovianamente abigarren de likes sus selfies.

A golpes de filtros editan un cuerpo que siempre demanda miradas lascivas y vouyeristas. Las nuevas cenicientas adoran las iconografías, lo mismo de Michel Lewin o Eva Andressa, que de Jennifer López o Kim Kardashian. Creen que Frida Kahlo es una diseñadora de ropa y que “Estados Unidos es el mejor país del mundo”.

La fábrica de sueños ya no es Walt Disney, sino Victoria´s Secret. El gym, las lipotransferencias y el bisturí modelarán el cuerpo de las princesas que denodadamente procurarán lucir una figura de cuento… Después de todo, en Estados Unidos se realizan alrededor de 14.6 millones de cirugías plásticas de todo género. Y desde que comenzó a superarse la crisis hipotecaria del 2007, las intervenciones para “arreglar” o “reparar” la imagen corporal han crecido a una tasa del 5 por ciento anual. Porque sin el cuerpo adecuado, la nueva cenicienta no disfrutará de sus “Mil y una Noches…”  noches VIP, como de cuento…

Las nuevas cenicientas no tienen dificultad para ir de shopping buscando bolsos Louis Vuitton, ya que el sur de la Florida es la zona donde se registra un mayor crecimiento de grandes centros comerciales en Estados Unidos. Sueñan con una oportunidad en la pantalla grande o en la pantalla chica, da igual. Después de todo, a Miami se le conoce como el nuevo Hollywood Latino y la tasa de desempleo está por encima del promedio nacional.

La mayoría de las nuevas cenicientas son cubanas, pues representan más del 60% de la población latina del sur de la Estado del sol.  No les gusta la política y ya no se identifican con el Partido Republicano como sus abuelos. Más que nihilistas son hedonistas. Su filosofía existencial se podría sintetizar en un: “lo que está pa´  ti, está pa´  ti”… por lo que no tiene caso preocuparse demasiado por el futuro. Con un ingreso per capita de más de 23 mil dólares anuales, constituirán una parte importante para la economía de los deseos del glamuroso Miami. Un puerto siempre ornamentado con cuerpos exquisitos en sus playas y piscinas, en donde las nuevas cenicientas se mimetizarán con un paisaje libidinal.

Y es que en las culturas patriarcales y androcéntricas -como lo son las culturas latinas- al cuerpo femenino se le ha significado con una bipolaridad, puede inspirar. Por un lado, los más grandes odios y, por el otro, las más elevadas adoraciones, situaciones que van desde las blasfemias contra el cuerpo de las mujeres, hasta la veneración y comercialización del mismo.

Uno de los pocos momentos históricos fundamentales para la apreciación corporal fue la época del Renacimiento. En la Europa del siglo XV, aparece el desnudo en la pedagogía artística con una preocupación creciente por la anatomía y el gesto. En las producciones artísticas anteriores, el cuerpo había existido con un papel meramente instrumental.

Por influencia de la concepción dinámica, los cuerpos aparecen ahora libres y con movimiento. Los artistas descubren y desnudan los cuerpos como sinónimo de libertad, dando paso a una nueva relación de los hombres con su cuerpo. Los cuerpos de modelos y musas sirven de inspiración para dar sentido a la expresión artística.

En el siglo XX, el cuerpo de las mujeres se presenta como lo bello, el objeto del deseo, del goce de la mirada. Es decir, se convierte en el espacio del placer, pero desde luego, del placer del otro. El cuerpo femenino empieza a adaptarse a las necesidades de lo imaginario, es la representación de un destino y el cuerpo deja de ser tal para extraviarse en la historia, pues siempre se le acompaña de un contexto imaginario que lo exenta de simbolismos y elementos tradicionalmente arraigados.

Según Sartre, el conocimiento esencial que una persona posee de su cuerpo proviene en gran medida del modo en que los demás ven ese cuerpo. Teniendo en cuenta que una de las perspectivas desde la que se lo puede abordar es considerándolo como una construcción simbólica y no una realidad en sí misma. Es un cuerpo que se desenvuelve y construye en un contexto disciplinario y una realidad social determinada, explicó Foucault en su famosa Historia de la Sexualidad.

El contexto de Miami supone una semiótica de cuerpos hipersexualizados. El barómetro que mide la aceptación y el impacto de dichas representaciones corporales es el número de seguidores que se adhieren a las iconografías de las nuevas cenicientas. Este es un capital simbólico que nutre un ego siempre en necesidad de ser reiterado, incluso virtualmente.

A decir de Le Breton, “el cuerpo es el signo del individuo, el lugar de su diferencia, de su distinción”. Yo estoy presente en este mundo gracias a mi cuerpo. Él es el que me hace tangible y visible ante los individuos. Nuestra existencia corporal se configura gracias a la existencia de las personas. Por eso, el cuerpo puede poseer una carga simbólica y sexual conspicua. Y es en ese sentido factor de movilidad social y, en este caso, literalmente hasta geográfica. El cuerpo de las nuevas cenicientas será no sólo un marcador social sino sexual.

De acuerdo a la época, se han generado diversas conceptualizaciones del cuerpo que han llevado a valoraciones éticas y morales relacionadas con su cuidado, limpieza, protección y exhibición, así como la manera en que debería ser cubierto para su presentación ante los demás, cubriéndolo, revistiéndolo y aislándolo. El cuerpo tiene un significado y su manera de exhibirlo o insinuarlo, de representarlo o cubrirlo, supone un capital simbólico susceptible de ser utilizado en el contexto y las circunstancias adecuadas. Las nuevas cenicientas lo saben de sobra y su comportamiento explica el “sentido de la acción”. El habitus en el que se desenvuelven las nuevas cenicientas es sumamente machista y ellas lo reproducen sin darse cuenta y con su anuencia. Es a lo que Bourdieu llamó: violencia simbólica.

El sujeto ha sido reemplazado por el cuerpo. Ya no hay sujeto social, aquella identificación en un organismo global que conduce hacia la emancipación individual. Lo que hay son cuerpos estandarizados y simbólicos, trajes biológicos a la medida o modulares, según las oscilaciones de la moda, del mercado y de las tecnologías. Aquí radica el sujeto, sea en la máscara de sus roles o de su estatus, ambas condiciones bien reflejadas en el cuerpo.

El sujeto es la figura del espejo, por decirlo con felicidad literaria, un reflejo que al fin y al cabo soporta maquillajes, accesorios, cirugías plásticas. Y nos guste o no, también evidencia el stress, las jornadas laborales e, incluso, el fast food. Las nuevas cenicientas volitivamente no cederán a las tentaciones gastronómicas, aunque siempre gozarán del recurso de los fat burners, los metabolizadores, los diuréticos, las efedrinas y toda una parafernalia que ayudarán a la chica de cuento a mantener un bajo porcentaje de grasa corporal. 

Sí, se ha reemplazado al sujeto por el cuerpo y este no es el  cuerpo propio. La relación con la biología natural, con el cuerpo de los sentidos y los placeres, de las pulsiones y los deseos básicos, está quebrada. No hay entonces reconocimiento de nuestro cuerpo; cuerpo que es más máquina de trabajo y continente de simbología comercial y publicitaria que representación de la vida natural.

La moral de los deberes individuales –propia de las sociedades más tradicionales– prohibía la mutilación o simple alteración del cuerpo y sus órganos como ofensa a la humanidad del individuo. La épocapostmoralista, según Lipovestky: “puede honrarse de tomar en cuenta el derecho a la personalidad singular, a la reunificación del yo más allá de los límites naturales de cuerpo. La naturaleza no tiene carácter sagrado: corregir las “anomalías” propias fuentes de sufrimiento no es un acto diabólico, es un progreso humanista”.

La publicidad nos recuerda al cuerpo, pero siempre sus carencias o anomalías, las cuales pueden ser reparadas o complementadas por el consumo. Nuestra conciencia corporal está ligada a la publicidad, y emerge por defecto cuando su biología deja de ser eficiente y ya no responde a las exigencias del aparato de producción. El consumo de tecnologías que modelan nuestros cuerpos bajo normas estéticas, que a su vez configuran el imaginario social, no es otra cosa que la expresión de un abismo entre la persona y su cuerpo.

Pese a la aparente libertad, muestro cuerpo es el del trabajo -un organismo funcional y disciplinado- o el de la publicidad y el consumo, un cuerpo significado que reproduce el discurso del poder. En este mercado de consumos corporales, tan sólo -como en tantos otros mercados-, los que tienen acceso a las tecnologías serán siempre las minorías privilegiadas.

En este sentido, el cuerpo se transforma es una mercancía visible y sobre todo exhibible, un objeto con valor de cambio, un bien de consumo de características icónicas y simbólicas que ha de cotizarse en el mercado visual. El cuerpo, moldeable, armable, cambiable, mejorable, se exhibe con la misma fruición que el coche nuevo. Y en ciertos contextos, factor de movilidad social.

Existe también una cartografía del cuerpo, que es una cartografía social, situacional, política, económica y, sobre todo, étnica. La clasificación corporal en América Latina tiene un influjo racista-aristocrático, construido con la historia, también aristocrática, de la nación. Y no hay que olvidar que Miami presume de ser la capital de América Latina. La amenaza es el indígena o el negro, que intenta despojar de sus bienes al criollo. Y la amenaza presente es el pobre, de rasgos indígenas o negroides, que atenta contra el mestizo, que ha de ser blanco (aunque la moda sea estar bronceado en playa o en cama de rayos uva) o, en su defecto, bien parapetado con los accesorios tecnológicos y publicitarios que se identifican con la modernidad.

Pero los cuerpos -y algunas partes de este- también han sido cosificados y fetichizados históricamente, lo mismo en occidente que en oriente. La fachada del cuerpo ha sido importante en Oriente y Occidente. En China por ejemplo los pies pequeños, la nuca en Japón, las nalgas en África y el Caribe. En cada caso, la parte del cuerpo que soporta la carga sexual se debe en gran parte su fascinación a este ocultamiento total o parcial. Mención aparte, merecen, en este sentido, los pechos femeninos en Occidente.

Para la mayoría, sobre todo para los hombres, los pechos son meros adornos sexuales: las joyas de la corona de la feminidad. Sin embargo, esta visión sexualizada del pecho no es en absoluto universal. En Estados Unidos, en particular, los implantes mamarios se han hecho inmensamente populares entre las strippers.

El antropólogo Desmond Morris lo explicaba de la siguiente manera: Se trata de conseguir unos senos capaces de  conservar una firmeza y una redondez casi rígidas cualquiera sea el movimiento que  realice su poseedora. Ni que decir tiene que eso crea una poderosa imagen visual, aunque otra cuestión es si estos nuevos pechos tecnológicos son o no sexualmente sensitivos.

 La nueva cenicienta en Miami no sólo reparará en los pechos, pues es en los glúteos en donde enciende pasiones: “El culo me lo hice en Cuba porque ya sabes que al hombre cubano le gusta la mujer de mucho cuerpo. Las tetas si me las tuve que poner en Miami y todavía las sigo pagando con mi tarjeta de crédito de Capital One”, explica Dianelis, quien trabaja como camarera en un bar de copas.

Como dice el mismo Desmond Morris, a lo largo de la historia distintas culturas han seleccionado diferentes características del cuerpo para exagerarlas. Uno de los rasgos corporales más emblemáticos que han subsistido hasta nuestros días es la anchura de las caderas. La pelvis amplia supone una mayor fertilidad en las culturas africanas. Si consideramos la altísima tasa de mortalidad infantil, entonces un cuerpo femenino en forma de reloj de arena va más allá de un simple glamour o capricho. El mismo autor norteamericano diría lo siguiente, tejiendo más fino:

“Nuestros antepasados primitivos se apareaban por detrás, como los primates, de modo que las señales sexuales de las hembras prehumanas, como en otras especies procedían de la parte posterior. Luego, mientras evolucionábamos a la postura erecta y nuestros músculos de la grupa sobresalían cada vez más formando las nalgas, la hinchazón se fue convirtiendo en el nuevo reclamo sexual humano. Las mujeres con una mayor hinchazón de su grupa enviaban señales sexuales más intensas y esta condición fue incrementándose hasta que las nalgas se hicieron enormes (…) pero sus glúteos llegaron a ser tan grandes que de hecho comenzaron a interferir en el acto sexual que estaba promoviendo. Así que los machos solventaron el problema cambiando a la cúpula frontal. Como parte de esta nueva aproximación frontal, los pechos se hincharon de manera permanente, como imitación de las grandes nalgas hemisféricas.” 

El catalán Román Gubern lo dibuja de la siguiente manera: “Al ser el perímetro pélvico femenino más amplio que el masculino, en razón de su función procreadora, las mujeres poseen caderas más amplias y algunos etólogos sostienen que esta anchura constituye una señal primordial de su sexo, mientras que las caderas pequeñas sugieren una sexualidad no reproductiva que en nuestra era se generalizó desde la aparición de la píldora anticonceptiva.”

Otra protuberancia de mucho interés erótico fueron las nalgas, de las que Desmond Morris ha explicado que los pechos femeninos son su réplica o señuelo sexual frontal evolutivo, como apenas dijimos líneas arriba.

“Los griegos las consideraban la parte más bella de la anatomía, por su suave curvatura y su diferenciación de la morfología animal. Y una prueba de ello se halla en el exhibicionismo selectivo de la Afrodita Kallipygia (de las bellas nalgas), que se conserva en el Museo Nacional Arqueológico de Nápoles, que alza su túnica para mostrar sus nalgas al espectador. Esta preferencia no ha decaído con el tiempo y, en la actualidad, una de las operaciones de cirugía estética más solicitadas en el mundo occidental es la elevación de las nalgas, para rejuvenecer la figura. (sic)  En el hombre, son sus nalgas musculosas las que atraen a las mujeres porque contrastan con su morfología de las suyas, como depósito de grasa, y sugieren además un impulso pélvico enérgico.”

De manera importante jugaron un papel en su momento las ideas que se tenían al respecto de  los cuerpos y que tan vulnerables podían resultar frente a un medio que en ocasiones se consideró hostil. Así, el desconocimiento, por ejemplo, de los medios por los que se trasmitía la enfermedad llevó a algunas sociedades a prescribir el aseo minucioso a partir del baño diario y otras, por el contrario, lo consideraron dañino.

La obsesión en contra de la pecaminosidad del cuerpo, como fuente permanente de lujuria y de condenación eterna, constituyó un eje central del imaginario cristiano. Y aunque también lo ha sido en otras culturas, es en el cristianismo en donde la obsesión  anticorporal ha tenido sus rasgos más específicos.

En el mito de Adán y Eva la desnudez pasa a representar un estadio de inocencia, antes de la caída, a representar después un estadio vergonzante, asociado a la conciencia de la sexualidad, por culpa de la transgresión de la mujer. Son muchos quienes asocian el pecado original con la cúpula sexual, mito inducido obviamente por la atracción de su mutua desnudez y por la oferta femenina de la manzana, fruta a la que la tradición ha asociado eróticamente con los pechos femeninos y con la vulva, por el receptáculo de la fruta partida.

Así, vemos como en el Génesis, cuando  se dice de alguien que está desnudo, se requiere decir específicamente que está exhibiendo sus genitales. No se dice que está desnudo aquel que enseña el torso o las piernas. Es interesante analizar por qué razones la pintura y escultura occidentales han practicado con más frecuencia la representación de los genitales masculinos que femeninos, si bien  es cierto que la disposición anatómica de éstos es más discreta, como ha explicado Morris al analizar las transformaciones corporales producidas por la estación vertical durante el proceso de hominización.

Pero también es cierto que han existido muchos más varones artistas que mujeres, quienes, además de conocer mal el cuerpo femenino (como es fácil advertir con Boticcelli), tal vez se complacieron en plasmar su vanidad sexual con sus atributos, o tal vez reprimieron o censuraron por su formación religiosa las urgencias de sus deseos heterosexuales.

Ahora bien, a lo largo de los siglos se han generado diversas conceptualizaciones del cuerpo que han conllevado valoraciones éticas y morales relacionadas con su cuidado, limpieza y protección, así como la manera en que debía ser cubierto para su presentación y representación ante los demás, tapándolo, revistiéndolo y aislándolo, tanto del ambiente en el que se movían los sujetos como los de sus prójimos.

Los atuendos utilizados en diversas épocas dan información sobre el sentido que se daba al cuerpo y sobre la manera de representarlo, a partir de lo que se mostraba y lo que se cubría, de lo que se disimulaba y de lo que se hacía evidente. Así, podemos ir repasando muchos elementos que dieron sentido a los cuerpos y que permitieron que fuera transformándose su sentido sociocultural de acuerdo con cada época y lugar.

Esta presión sobre el cuerpo queda expresada en sus figuras retóricas, en la cirugía, el dolor, su desdoblamiento en cuerpos artificiales. La pertenencia a un segmento, a una clase social, la movilidad social requiere de un esfuerzo y un sacrificio ejercido sobre el cuerpo para quienes quieran constituirse como neo cenicientas. Es una necesidad y es una coerción, es una violencia extrema sobre nuestros organismos, la que no termina en las extensas jornadas en el gimnasio, en dietas brutales, sino que se extiende hacia su mutilación y la inserción aún más bestial de todo tipo de prótesis. La inyección de sustancias en glúteos y piernas.

Nunca el cuerpo había sido un referente tan masivo para el consumo y para la imagen social. Lo había sido el vestuario, el habla, la gestualidad, pero nunca reposaba en el mismo organismo.  No son pocas las nuevas cenicientas que corren el riesgo de perder sus extremidades o la vida misma por las inyecciones con biopolímeros en piernas y glúteos. Los daños secundarios a veces son irreparables.

La extracción de materiales industriales de piernas y glúteos sobrepasan los diez mil dólares, cuando se intenta clínicamente reparar el daño a la salud y a la integridad física. También hay que señalar aquí que en la economía de los deseos la lipotransferencia a glúteos es la práctica quirúrgica más demandada en Miami. Desde el 2012 ha crecido a una tasa del 16% anual, según la Sociedad Americana de Cirujanos Plásticos.

Partimos de la base de una nueva identificación del sujeto. Libre o huérfano de metafísica e historia, el sujeto se identifica en su cuerpo. Somos nuestro cuerpo, pero es aquel cuerpo del mercado. De allí el temor a su deterioro, a la vejez, de allí también su condición de objeto de culto, de objeto de inversiones, por la higiene, por la estética, por la simbología; porque el cuerpo es el vehículo privilegiado de representación y movilidad social. “Con este perro culo no había turista que se me resistiera, relata una cubana avecindada en Hialeah, Miami (…) Fue la mejor inversión de mi vida que hice en Cuba… mira hasta donde me trajo”

No queda más remedio que acunar el cuerpo, cuidarlo y mantenerlo, que no es otra cosa que evitar su deterioro o envejecimiento, mantenerlo bajo los modelos juveniles obligados por el mercado. De allí las múltiples ofertas, de nuevos fármacos y alimentos dietéticos, de servicios de estética y reducción de peso, de cirugía e implantes. Pero el mercado del cuerpo también conoce sus limitaciones y de allí la oferta psicológica, terapias varias que apuntan a masajear la relación con nuestra sobrevalorada biología. Nuestra sociedad no tiene tantos triunfadores corporales y sí víctimas de la miseria de sus propios cuerpos. Una consecuencia más de la infalible ley del mercado.

Si el cuerpo es el sujeto, este es ahora el objetivo del mercado, de la simbología social; sobre el cuerpo recae nuestra identidad como seres sociales, su trascendencia (que es simple inmanencia) y posibilidades de liberación. Liberando el cuerpo podemos liberar al sujeto y ésta no es una emancipación ni social ni metafísica, sino sexual, gestual, del habla. Una emancipación corporal.

Si el cuerpo es el sujeto, el horror a su deterioro es el horror a la exclusión social, a los márgenes del mercado. Más aún, a la imposibilidad de su movilidad social. Es el temor al paso de los años, al desgaste físico, a la extinción de una vida que no tiene trascendencia. A que sea media noche. El oscurecimiento corporal es la evidencia de la muerte, de la finitud del sujeto. De que el carruaje se convierta en calabaza, cuando el cartier marque la media noche…

El cuerpo de una modelo fitness, la maniquí hipersexualizada, no es cuerpo, sino más bien es un patrón, una disciplina, una norma, que es pauta rigurosa de comportamiento social. Es el estándar a seguir como necesario acto de inclusión social. La maniquí no sólo es un molde estético, es un signo complejo funcional a sus patrocinadores. La modelo es la Barbie o la chica de portada, compra en el mall, consume productos de marca, puede tener, incluso, opiniones simples, las suficientes y necesarias para estimular su imitación. La modelo funciona como perfecta herramienta de control social y su imitación se hace necesaria para la integración social.

En una colectividad cohesionada básicamente por el consumo y en la cual el consumo ha de ser visible como signo que señala el emplazamiento social, la mimesis de los iconos publicitarios y su incorporación o adhesión en el propio cuerpo se convierte en un símbolo necesario. El éxito de la nueva cenicienta está medido por la capacidad de copia, o de integración, o de consumo.

Absorbemos la fruición mercantil por el cuerpo, vehículo privilegiado para expresar el poder y estatus. La modernidad se expresa en la corporalidad, como liberación y revolución, por cierto que sexual, pero también estética, sanitaria, dietética o simbólica. Es el cuerpo, el sujeto-objeto encargado de integrar y desarrollar la modernidad, como tecnología, como nuevos hábitos, como gestos o mirada. Una modernidad falsa y segregada, que descansa en el mercado, visto, finalmente, como bien placentero de consumo. En otras palabras, es la somatización del éxito.

El objetivo de la modelación física es su exhibición como mercancía y como icono adquirido. Pero no siempre es copia. La elite busca convertir su cuerpo en nuevo patrón estético. El fin último pasa por la mediatización del cuerpo, en la pasarela, la portada de revista o la televisión. Una nueva paradoja: el cuerpo tecnológico, que es artificial y falso, emerge como nuevo molde.

Este es también el cuerpo de la segregación y la discriminación. Es un bien que se adquiere -desde el gimnasio a la cama de bronceado, a los componentes alimentarios y los implantes- y delimita la pertenencia a una u otra clase social.  América Latina posee una de las peores distribuciones del ingreso en el mundo. Sin embargo, y como una contradicción a este fenómeno, el proceso de modernización, que ha permitido el acceso a tecnologías baratas a las clases medias, ha difuminado, tal vez sólo en apariencia, las diferencias sociales.

En la sociedad Latino Americana, la segregación social no se difumina con la posesión de un Mercedes Benz, sino que radica en un icono más complejo, como es el cuerpo. La discriminación de clase pasa, en la sociedad Latina de Miami, por los rasgos étnicos, por el habla y la figura.

Hoy en día, es llamativo ver la cantidad de publicidades en los medios de comunicación en donde se ensalza la eroticidad como forma y contenido. El cuerpo es objeto de numerosas inversiones narcisistas, físicas y eróticas. Los medios de masas, reproducen modelos de cuerpo “atractivos” haciendo que la globalidad de la sociedad se lance hacia la (nunca alcanzada) búsqueda de este cuerpo idealizado, hacia la búsqueda de una “anatomía ideal” (Becker, 1999).

El cuerpo mediático es el de la publicidad y el mercado. Y es también, en una sociedad carente, el de las frustraciones y la anomia. Nada peor que lo inalcanzable, que el patrón, que emerge como obligación, como autoridad social y ética. El cuerpo ideal de la modelo genera oscuras e imposibles ambiciones de mimesis, acción que deviene en frustración y desprecio por sí mismo. La sociedad de consumo, del placer, la cultura del hedonismo sólo en apariencia es tolerante y solidaria. Lo que engendra, en un contexto de carencias económicas y racismo, es frustración, ansiedad, incertidumbre.

Engendra también odio, que se expresa hacia la causa del dolor, hacia el objeto (inalcanzable) de placer. La anomia surge con la reflexión hacia el propio cuerpo, con la verificación de sus carencias, con la certeza del abismo entre el objeto de deseo y nuestra débil materialidad. Los ídolos son también objetos desechables, como cualquier otro de consumo y son también fetiches perversos, creados para su propia destrucción. La novela de Gustavo Bolívar Moreno expresa fielmente esta idea:

“A sus trece años, Catalina empezó a asociar la prosperidad de las niñas de su barrio con el tamaño de sus tetas. Pues quienes las tenían pequeñas, como ella, tenían que resignarse a vivir en medio de las necesidades y a estudiar o trabajar de meseras en algún restaurante de la ciudad. En cambio, quienes las tenían grandes como Yésica o Paola, se paseaban orondas por la vida, en lujosas camionetas, vestidas con trajes costosos y efectuando compras suntuosas que terminaron haciéndola agonizar de envidia. Por eso se propuso, como única meta en su vida, conseguir, a como diera lugar y cometiendo todo tipo de errores, el dinero para mandarse a implantar un par de tetas de silicona, capaces de no caber en las manos abiertas de hombre alguno. Pero nunca pensó que, contrario a lo que ella creía, sus soñadas prótesis no se iban a convertir en el cielo de su felicidad y en el instrumento de su enriquecimiento sino, en su tragedia personal y su infierno.”

Como puede observarse, la tesis de la novela es tan simple como poderosa: un par de tetas grandes suponen la movilidad social y fuente de enriquecimiento para muchas adolescentes colombianas. Esta problematización del viejo dicho español: Jalan más un par de tetas que un par de carretas, nunca fue tan cierta cuando los bueyes de las carretas son acaudalados narcotraficantes. Esta novela fue llevada a la pantalla chica debido al impacto que causó el reconocimiento de un hecho que ocurría cotidianamente en la sociedad colombiana.

Para el caso de La Capital de América Latina: Miami, habría que hacer una precisión que no es menor, a pesar de contar con todos los ingredientes que harían efectivo el principal argumento de la novela, ya que si algo posee una carga erótica -como ya se ha mencionado a partir de las ideas de Desmond Morris-, son los glúteos y no tanto las senos. Parafraseando el título de la novela, en Miami podríamos leer un título más sugestivo y provocador: Sin culo no hay paraíso, como bien apunta Jasmín, la hostes de la emblemática discoteca Mangos de Miami Beach.  

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