El nuevo siglo

El calendario es exacto. Los siglos empiezan el 1 de enero del año 0 y terminan el 31 de diciembre del año 99. La medición del tiempo transcurrido es precisa. Otra cosa sucede cuando se miden los siglos con miradas históricas. Así, por ejemplo, tenemos que la denominada guerra de los 100 años entre los reinos de Francia e Inglaterra comenzó en 1337 y terminó en 1453, es decir, 116 años después.

Los criterios con los que medimos el tiempo en la historia de la humanidad no se acotan a los de un reloj o un calendario. Como criterios se usan los acontecimientos más importantes que dieron paso a una transformación, ya sea de un país o de una civilización.

En este sentido tenemos que “el largo siglo XIX se extendió desde la Revolución Francesa hasta el estallido de la primera guerra mundial en 1914”, como lo apunta Francis Fukuyama en su más reciente libro Identidad. En consecuencia, el siglo XX vino a ser el más corto de la historia, teniendo como fecha de inicio, tal y como lo señala Erik Hobsbawm en su libro Historia del siglo XX, el 28 de junio de 1914, día en el que asesinaron al Archiduque Francisco Fernando. Como resultado desencadenaría a la entonces denominada Gran Guerra, mejor conocida por nosotros como la Primera Guerra Mundial.

Tan trascendente fue la guerra, que al final de la misma las fronteras de la poderosa Europa cambiaron tras la caída de los imperios Austro-Húngaro, Ruso, Alemán y Otomano. Por eso, Christopher Clark en su libro Sonámbulos, cómo Europa fue a la guerra en 1914, la considera como “la primera calamidad del siglo XX de la que surgieron todas las demás calamidades”.

Por su parte, para Paul Johnson, en Tiempos modernos, el inicio del siglo se dio cuando el 28 de mayo de 1919 se tomaron fotos a un eclipse solar que mostraban la curvatura de la luz, con lo que se confirmaba algo llamado teoría de la relatividad. Esta teoría cambiaría la forma pensar y entender al universo y volvería a Albert Einstein un ícono de la humanidad.

Para determinar el fin del siglo XX existe un amplio consenso en que tuvo lugar en 1991 con la disolución de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría. Esta se había prolongado durante más de 45 años y había puesto al mundo en más de una ocasión al borde de una guerra nuclear. Con la desaparición del bloque soviético, la humanidad dejó de preocuparse tanto por la carrera armamentística y dedicar sus esfuerzos a otras ramas de las ciencias. Consecuentemente, llegando incluso, como diría Yuval Noah Harari, a empezar a dejar de sentirse animales y transformarse en dioses. El nacimiento del primer mamífero clonado, la oveja Dolly, nos mostró que la creación de la vida ya no era exclusividad de alguna deidad.

Por momentos pensamos que, tras la caída del muro de Berlín, los 90 serían el preludio, no de un nuevo orden mundial, sino de una era de prosperidad permanente. El sueño provocado por la ola de democratizaciones por el mundo, el boom económico de Silicon Valley y las economías puntocom fue despertado de manera brutal.

El inicio del siglo XXI lo empezamos a ubicar esa mañana del 11 de septiembre de 2001 con el ataque terrorista a las torres gemelas en Nueva York. La historia tomaba un giro hacia el terror. Los posteriores ataques terroristas en Madrid y Londres reafirmaban ese sentir. Tras los ataques vinieron las guerras en Afganistán y en Irak. 

Sin embargo, lo que pasó en 2001, bien pudiera quedarse corto cuando vemos lo que está sucediendo desde principios de año. Como nunca, la aparición de una pandemia ha llevado a una transformación de los comportamientos sociales, económicos y políticos al mismo tiempo y a nivel global. Un virus desconocido de fácil transmisión, para el cual no hay cura ni vacuna pero cuya letalidad se puede prevenir con agua y jabón, ha mandado a media humanidad a confinarse en sus casas. El optimismo se ha difuminado frente a nosotros. Esa misma humanidad que ya se aparejaba a Dios, hoy se siente y se encuentra indefensa.

Paradójicamente, ese mundo que festejaba la caída del muro de Berlín ahora ha cerrado sus fronteras para protegerse del virus invisible. Entre aislarse dentro de sus fronteras o ir a la cooperación global, ha optado por lo primero. Pasamos de los muros para detener a los inmigrantes pobres del sur en su pretensión de llegar al próspero norte, a los muros que se han levanto entre esos mismos países.

El Espacio Schengen, que naciera para la libre circulación de ciudadanos de la Unión Europea, fue cerrado mientras dura la pandemia, y apenas empiezan a abrirse de manera paulatina. Como si los virus se detuvieran por falta de pasaporte. Los países latinoamericanos y asiáticos igual cerraron sus fronteras y aeropuertos. Los muros de hoy nada tienen que ver con ideologías o economías, se presentan como una cuestión de sobrevivencia.

El siglo empieza y la ciencia no tiene respuestas precisas. Volteamos en busca de un norte que nos guíe, pero la epidemia la ha superado. La falta de acuerdo para decretar el uso obligatorio de cubrebocas nos da una idea de lo que está pasando. Pero con todo y las constantes contradicciones y con la ausencia de una estadística confiable de contagiados y fallecidos (ningún país escapa a esto), la ciencia es lo mejor que tenemos. Los gobiernos la abandonaron por años y ahora le exigen respuestas inmediatas. Aun así, cuando no les gusta o no les conviene lo que proponen (más pruebas, mantener el confinamiento social), pues sencillamente se la brincan.

Buena parte de los gobernantes del mundo, incluyendo a nuestro presidente, han acudido al casino a apostar que todo va a mejorar. Apelando más a la diosa fortuna que a la diosa razón, han decidido que se vayan reactivando las actividades económicas. Esto pese a los riesgos que implica la posibilidad de un rebrote en los lugares donde más o menos se había controlado la pandemia. O de plano, de forma irresponsable, en países donde los contagios y fallecimientos siguen al alza.

Hasta ayer, México era el 14º país con más contagios y el 7º en cuanto a fallecimientos a nivel global. Poco importa si los semáforos marcan rojo o amarillo. Entre los datos o la ideología, ya sabemos a qué le apuestan Estados Unidos, Brasil y México.

Mientras seguimos navegando a oscuras, entre los insuficientes instrumentos que nos proporciona la ciencia y desconfiando cada vez más del ¿instinto? de los políticos, la sociedad no encuentra su lugar ni hay espacio para la catarsis. El inicio histórico del siglo nos ha llevado a modificar nuestros hábitos de trabajo, estudio, consumo, ocio y convivencia y con ello pasamos, como diría Byung Chul Han, a una sociedad del cansancio.

El aislamiento por tres meses ha traído cansancio a la gente, tanto a los que tienen los medios para trabajar o estudiar a distancia y sienten que hacen mucho, como a los que carecen de esos medios y siendo excluidos del mundo virtual se cansan de no hacer nada. El cansancio lo expresan hasta quienes se la pasan sentados conectados a Netflix, Amazon Prime, Fox, HBO, etc. La humanidad, que nunca ha abandonado su condición nómada, a duras penas ha logrado aguantar este aislamiento.

De un día a otro, pasamos de un mundo de certezas a uno de incertidumbre. De un mundo de planes y esperanzas a uno de pánicos (8.5 millones de contagiados y 454 mil fallecidos por COVID-19 reporta la John Hopkins University al 18 de junio). De un mundo abierto a uno donde nos ocultamos detrás de unas máscaras. Vivimos entre el complot y el espanto.

Por un lado, están quienes niegan el virus, las muertes y acusan a China, a Microsoft y otros más de inventar todo para controlar las mentes a través de chips y ondas 5G. Por otro lado, entre quienes viven en una sociedad del doble espanto: lo mismo por ver las calles vacías y tener la sensación de que el mundo ha desaparecido, como por ver esas mismas calles llenas de gente que creen que realmente no va a pasar nada y que la pandemia está domada.

La sensación de que cualquiera puede contagiarnos nos hace rechazar al otro de una forma nunca vista. Un mundo contradictorio donde al personal de salud, algunos les aplauden como héroes y otros los agreden.

El siglo apenas va comenzando porque al final de la pandemia habremos modificado muchos comportamientos. En el corto plazo veremos cambios en nuestra forma de vida, de trabajar y estudiar. Las grandes concentraciones para ir a la iglesia, al cine, al teatro, a los conciertos, a los juegos de fútbol, a los gimnasios, a los centros comerciales, a los parques, a los mercados, y afortunadamente hasta los mítines políticos, tendrán que esperar.

La humanidad debe estar dispuesta a entrarle a una seria discusión de que la desigualdad y la falta de eficaces sistemas públicos de salud podrían provocar otra catástrofe, no se le debe dejar el tema solo a los políticos.

Pero en lo que llega el incierto futuro, y pese a que el gobierno nos recete decálogos morales para asuntos médicos, tal y como lo expresa Sófocles en Edipo rey, no nos queda más que pedir ayuda a los dioses del Olimpo porque “todo mi pueblo está contagiado y no hay lanza de pensamiento con qué defendernos”.

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