Midiendo la felicidad

Si se hubieran levantado encuestas acerca de la felicidad de la gente el domingo 17 de junio de 2018, hubiésemos tenido un resultado bastante singular. Hubiésemos descubierto que una mayoría de la gente en México era más feliz que la gente de Alemania. Sin duda, en cualquier otra fecha los resultados serían diferentes, pero como ese día, durante el mundial de futbol celebrado en Rusia la selección nacional le ganó a la Alemania, para los que nos gusta el futbol ese fue un día feliz.

Así de trivial puede ser la felicidad. Las personas en lo particular pueden ser felices de innumerables formas: escuchar música: jazz, opera, rock, reguetón; ir al cine a ver la última de los Avengers o Parásitos (según los gustos de cada quien); ver los programas favoritos en televisión, salir a caminar, a correr, ir al gimnasio, o quedarse en casa leyendo alguna novela, alguna revista; salir (o realizarlo por internet) a comprar unos tenis, una vestido, un juguete, un nuevo gadget, un libro; viajar por el mundo y visitar China, India, Egipto, Europa, o recorrer los Pueblos Mágicos de México; comer en un restaurante de alta cocina o unos tacos de pastor. La felicidad es una carta abierta de opciones. Como señala ese imperdible filósofo francés Guilles Lipovetsky en La felicidad paradójica: “La felicidad se identifica con la satisfacción del máximo de necesidades y la renovación sin fin de objetos y diversiones”. Es decir, en nuestra sociedad del hiperconsumo la felicidad va identificada a objetos y experiencias.

Pese a lo disímil que puede ser la felicidad y a la enorme paradoja que señala Pascal Bruckner en su obra La euforia perpetua, donde apunta que tal pareciera que se considera un crimen de nuestros tiempos el no ser feliz, existen intentos por querer medir cuán felices pueden ser los habitantes de los países. Algo así como agregar un sentimiento más a los señalados por Dominique Moïsi en La geopolítica de las emociones donde habla de miedo, humillación y esperanza en los países. Tan significativo es el tema que la ONU declaró que a partir de 2013 se celebre el Día Mundial de la Felicidad.

Dentro de los esfuerzos internacionales que buscan encontrar una forma de medir la felicidad, encontramos al Latinbarómetro que se enfoca a medir aspectos relativos con la democracia y algunas otras cuestiones, entre ellas la satisfacción con la vida.  Como señala el reporte de 2018, la región de América Latina es una de las más felices del mundo al responder el 73% sentirse satisfechos con la vida, porcentajes que en México suben al 80%. Siguiendo este resultado México ya era feliz, feliz.

Un interesante ejercicio a nivel mundial lo presenta el Estudio Global de Felicidad por parte de la empresa Ipso Global Advisor, quienes realizaron una serie de encuestas a 28 países para determinar el grado de felicidad. Esta encuesta como pregunta principal, “Tomando todas las cosas juntas, ¿diría que está: muy feliz, bastante feliz, no muy feliz, nada feliz?” El país que contestó que era muy y bastante feliz fue Australia, mientras que México se ubicaba en el lugar 17.  Esta encuesta señala que el estado de felicidad ha sido fluctuante porque mientras en 2013 el 80% de la gente en México se consideraba feliz, la percepción caería dramáticamente en 2017 al 43%, luego subiría a 67% en 2018 para volver a tener una caída en 2019 a 59%. En el documento también se señalan cuáles son las principales causas de felicidad, siendo las 3 primeras son en el siguiente orden, una buena salud física, los hijos y la relación con la familia y la esposa.

Tenemos otro ejemplo con el Índice del Planeta Feliz (Happy Planet Index) que es desarrollado por una organización llamada New Economics Foundation. El índice mezcla datos duros y encuestas de opinión, de tal forma que la fórmula emplea la suma de tres valores: la expectativa de vida (elaborado con datos de la ONU), el bienestar (se construye a través de encuestas realizadas en cada país para saber cuán satisfechos se sienten con su vida), desigualdad de resultados (confeccionado con la suma de desigualdades al interior del país). Para obtener el resultado final, las anteriores variables se dividen entre la huella ecológica (el impacto del medio ambiente en el país). De acuerdo con el reporte de 2016, México es el segundo país más feliz del mundo.

Otro índice que mide la felicidad es el que desarrolla la Red de Soluciones de Desarrollo Sustentable de la ONU en coordinación con algunas universidades (Oxford, Columbia, Columbia Británica) y otras organizaciones. El denominado Reporte Mundial de la Felicidad (World Happiness Report) evalúa a 156 países y 173 ciudades. Para el período 2017-2019 México ocupa el lugar 23, lo cual no suena mal, pero resulta que en el período 2008-2012 se ubicaba a México como un país más feliz. Las variables que se utilizan en este reporte también son una combinación de datos duros con percepciones: el PIB per cápita y la expectativa de vida saludable como parte de los datos; más, soporte social (acerca de si en caso de algún problema, se tienen familiares o amigos que pudieran brindar ayuda), libertad de tomar decisiones, generosidad (sobre si se hacen donaciones a caridad), y percepción de corrupción.

 Como señalamos al principio de este artículo, la felicidad la vivimos en lo personal, o de forma colectiva como en las actividades deportivas. De ahí a pensar que el Estado te pueda proporcionar algún tipo de felicidad, es más complicado. Por ejemplo, siguiendo la ruta futbolera, México nunca va a ser campeón del mundo por decreto presidencial (salvo la deshonrosa excepción de Argentina en 1978), ni tampoco el Estado proveerá a la sociedad los objetos que desean en lo individual. No obstante lo anterior, se sigue pensando que el Estado debe proveer algo cercano a la felicidad.

El famoso psicólogo Steven Pinker nos señala en su reciente obra En defensa de la ilustración que “nos sentimos más felices, en general, cuando estamos sanos, cómodos, abastecidos, socialmente conectados, sexualmente activos y amados”, y por lo tanto “una y otra vez vemos que las razones del bienestar incluyen buenas redes de apoyo social, confianza social, gobiernos honestos, entornos seguros y vidas saludables”. Tenemos entonces que si la felicidad proviene del bienestar, y éste lo brinda el Estado a través de sus instituciones y sus políticas, entonces podemos tener mediciones basadas más en datos que en percepciones. En otras palabras, se le arrebata el tema de la felicidad a los poetas, cineástas y músicos para pasárselo a los economistas, politólogos y sociólogos.

Desde 1990, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo publica un Informe sobre Desarrollo Humano, donde a partir de diversas variables como salud, educación, ingreso, desigualdad y género mide a los países con criterios distintos al simple crecimiento económico, o sea, utilizan otras métricas diferentes al PIB. En su “Informe sobre Desarrollo Humano 2019. Más allá del ingreso, más allá de los promedios, más allá del presente: Desigualdades del desarrollo humano en el siglo XXI”, sin abordar el tema de la felicidad de los ciudadanos, podemos ver que México se ubica dentro de los países de desarrollo humano alto en el lugar 76. Es decir, dentro de estos parámetros, estamos como país alejados de los desarrollos humanos medio o bajo.

En 2007, la Comisión Europea realizó una conferencia denominada “Más allá del PIB”, porque ya se consideraban las insuficiencias de dicho indicador para medir los aspectos sociales o medioambientales. En 2008, Francia crea una comisión especial con los premios Nobel de Economía, Joseph Stiglitz y Amyrta Sen, quienes junto con el economista francés Jean Paul Fitoussi, tenían la intención de encontrar indicadores representativos del desarrollo social. La conclusión principal fue centrarse más en ingresos y consumo que en producción.

Con este antecedente, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el organismo al que pertenecen los 37 países más ricos del mundo, incluyendo México, ha creado un Índice para una Vida Mejor (Better Life Index), el cual se publica a partir de 2011. El índice se compone de 11 variables: vivienda, ingresos, empleo, comunidad, educación, medio ambiente, compromiso cívico, salud, satisfacción, seguridad y balance vida-trabajo. Cada una de estas variables a su vez tienen múltiples componentes. El reporte para este año se denomina “¿Cómo es la vida? 2020, Medición del bienestar”, y curiosamente no hace un ranking global, sino un desglose de cada una de las variables por país. En términos generales, México se ubica por debajo del promedio de la OCDE en 10 de las 11 variables, y curiosamente, en el aspecto de satisfacción ante la vida, se obtuvo un 6.5, que es el mismo promedio general. Es decir, estamos en peores condiciones que los demás países, pero igual de contentos.

Desde hace mucho que la preocupación en materia de desarrollo no se basa solamente en el crecimiento del PIB. Es un hecho que existen diferentes indicadores mundiales sobre felicidad y bienestar, por lo que dedicarle tiempo a crear uno nuevo es querer inventar el hilo negro, hasta el INEGI está trabajando en un índice de Bienestar Subjetivo, con base en lo definido por la OCDE. Aquí señalamos algunos ejemplos, pero por supuesto que hay muchos más. Al final se trata de pasar de esa felicidad personal de objetos y diversiones, a los satisfactores sociales que promueve y produce el Estado, se trata de reducir las desigualdades, y como dice Platón en La república, “se trata de que la felicidad no se halle repartida entre un pequeño número de particulares, sino que sea común a toda la sociedad”.

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