De linchamientos

El 16 de septiembre de 1887 en México se llevó a cabo el primer linchamiento. La víctima fue Arnulfo Arroyo, se cree que era un borrachín que pasaba por el centro histórico. Mientras que Arroyo agredió al presidente Porfirio Díaz, la gente clamaba su muerte desde el momento en que Arroyo fue detenido. Incluso sin pudor, la gente instigaba al agente La Croix para que le pegase un tiro. Sin embargo, en la historia indígena hubo otra serie de linchamientos provocados por actos delictivos e incluso por ineficacia de los gobiernos.

La terminología deriva de un evento histórico del siglo XIX en otra latitud, donde el juez Charles Lynch decidió castigar extra legalmente a un grupo de leales al imperio británico cuando éstos habían sido absueltos por un jurado. A pesar de esto, la palabra linchamiento había nacido por un sentimiento de nacionalismo y una especie de justicia social que no conoce leyes ni controles específicos. En un informe especial –publicado por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM que data de 2019 –se estima que los linchamientos son prácticas comunes en nuestros días y que han ido en aumento desde el linchamiento famoso en septiembre de 1968 en San Miguel, Canoa.

El documento especifica que entre los años 1988, hacia el 2014, se han registrado al menos 366 casos relacionados con linchamientos. Las zonas de mayor impacto de estos ilícitos se encuentran entre el Estado de México, la Ciudad de México, seguido por Puebla, Morelos, Oaxaca, Chiapas y Guerrero. A pesar de que el artículo 17 de nuestra Constitución establece que nadie puede hacer justicia por su propia mano, los pobladores de algunas zonas rurales han provocado estos actos colectivos debido a la falta de seguridad en las distintas regiones de nuestro país. Por eso, no sólo se refleja en los actos sociales y la gravedad de las muertes en condiciones infrahumanas, una verdadera pesadilla.

Algo semejante sucedía en la época prehispánica y descrito en el códice Mendoza como una serie de castigos específicos para aquellos que cometían delitos y que debían ser penalizados por el pueblo. Una práctica antigua y que identifica a un pueblo de naturaleza primitiva. Resulta impresionante verlo también reflejado entre las redes sociales y especialmente, con aquellos individuos que pertenecen a movimientos de derecha y creen que la cultura y el conocimiento les permiten establecer las pautas de los juicios de sentido para aquellos líderes que son de su desagrado. Sin rodeos, podemos decir que el linchamiento político va dirigido a una sola persona que no pertenece a su clase social y que gobierna este país.

No sabemos si es la impotencia o si es la pérdida de sus privilegios la que los orilla a llevar a cabo estás insinuaciones colectivas de carácter psicópata. Es común escuchar que la mayoría de la gente que emplea Twitter haya sufrido algún tipo de acoso de respuesta masiva contra alguna opinión emitida en la red. La violencia no sólo pertenece a “individuos pensantes”, sino también de perfiles electrónicos elaborados de manera artificial llamados también bots y que finalmente cumplen la función de crear estadísticas dentro de la red.

¿Para qué sirven esa clase de instrumentos? Simple y sencillamente para abarcar a favor o en contra algún tipo de causa o ideal. No hay medias tintas. Es así de extraño encontrarse palabras amables en redes como Twitter por encima de Facebook o Instagram. Sin duda, los usuarios se acostumbran al clima violento y antiguo que desprende la red cuando hablamos de linchamientos. Lo más triste es que toda esa rabia contenida y el odio al sistema, en un momento de presión tan fuerte como lo estamos viviendo ahora con la pandemia, nos hace pensar que estamos muy lejos de la civilización.

Sendas invectivas, señalamiento de errores, fisuras en las ideologías del opositor y alianzas explícitas entre los partidos y los usuarios de Twitter son el pan de cada día en internet. Parece que un mundo irracional lleno de resentimiento ha inoculado en una multitud de usuarios, falsos y verdaderos, con una facultad de respuesta inmediata ante las controversias. Todo mundo quiere emitir su opinión, aunque no sea especializada, y creo que eso puede valer la pena si no se instiga al insulto fácil. El problema es que no se hace con un mínimo manejo de reglas que permitan leerse y escucharse mutuamente.

Una tanda de seguidores de un grupo político de izquierda es tan peligrosa como otra tanda de seguidores de un grupo político de ultraderecha: ambos son violentos. Ninguno de ellos detiene sus ataques virulentos y sus agresiones, porque no ha reconocido en el otro un grado de humanidad. Está en juego su capacidad racional y no se da cuenta. Todo ello representa en este momento nuestra única válvula de escape ante el enemigo silencioso del virus SARS-CoV–2. No sólo eso, ya se anuncia que no se detendrán, puesto que el siguiente año va a haber cambio en muchas de las gubernaturas de los estados de nuestro país y en diputaciones, así como estarán en juego municipalidades. No obstante, sin importar si dañan a alguien o la imagen pública, las redes operan por una naturaleza autónoma. Pero repito esta historia es antigua.

Justo, en ese instante de presión política, es cuando comienzan los problemas. Porque la mayoría de los partidos sólo están esperando hablar mal del gobierno en turno para desacreditarlo y así poder ocupar un lugar en el mapa político. No trabajan por sus elecciones, estos políticos ociosos están esperando la pesca de aquello que quede suelto después del embate moral contra el poder político.

Indudablemente, utilizan una vieja estrategia que está enquistada en nuestra cultura y es la de hablar mal de aquello que odiamos por su apariencia. El poder es así, seduce y repele al mismo tiempo. Resulta inoperante cuando se identifica a un mismo partido, pero genera profundas discrepancias cuando aquellos que atacamos no tienen sentido para nosotros. Hay un placer oscuro y profundo en llevar a cabo este acto. La crueldad del linchamiento está muy cerca. Hablar mal de los enemigos es admitir nuestro acierto en la vida. Aunque moral, política o socialmente estemos equivocados. Sin embargo, es obvio que en nuestro país resulta una práctica fácil para las inteligencias nulas. El juego surge desde las emociones y no de la inteligencia. Y a pesar de que perdura un sentimiento colectivo guiado por un descontento inexplicable y también vinculado a una antigua emoción negativa producto de injusticia que cubrió nuestra historia en el proceso de la Conquista, somo incapaces de detectar que este error se ha repetido en diferentes momentos de nuestra historia nacional. Y henos aquí. Es más fácil a odiar que pensar, eso es claro. Los argumentos vienen solos cuando la emoción ya está proyectada y resulta un error en la perspectiva histórica cuando hacemos una crítica que proviene de las emociones y no de los hechos. El mexicano no nació de las comprobaciones, sino de las conjeturas y los rumores. Reconoce sólo lo que le han contado o le que han dicho: las formas gramaticales que aprendió en casa, las estructuras mentales de crítica social que se escucharon en la calle y las pugnas oscuras en Twitter (con faltas de ortografía y con frases inacabadas) de un público enardecido. El mexicano está dispuesto a atacar a aquel que se ha ganado el odio colectivo, aunque no conozca el motivo pero lo escuchó por allí. Nunca comprobó su veracidad. No había tiempo para hacerlo.

Nadie se salva, eso es claro. Esperemos una reflexión profunda que ayude a descifrar una visión empírica que nos acerque a la realidad. Partir de hechos y no conjeturas. Destruir con la razón a esa turbamulta enardecida con hachas, palos, machetes y alguna antorcha encendida, con la mirada fija sobre la siguiente víctima. Aquel que cometa el error de atacar a la multitud verbal será castigado, a pesar de que tenga la razón.

En sin aquel aciago 16 de septiembre de 1887, Arnulfo Arroyo se tropezó con el Presidente Díaz y se le culpó de tratar de asesinarlo. No tardó ni 24 horas, el 17 de septiembre por la noche después de que el comandante La Croix lo llevase a la comandancia de la Ciudad de México. Esa turbamulta enardecida lo sacó de allí y lo mató en una noche larga. Nunca supieron si Arnulfo Arroyo tenía la intención de agredir a Díaz, ya que no iba armado, solamente pasaba por allí y, producto de su ebriedad, habría confundido a ese emblemático personaje del siglo XIX con alguno de los fantasmas de su delirio.

Los tiempos han cambiado, ahora el enemigo no es aquel que cruza la calle y ataca al presidente, sino el que detenta el poder.

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