La oposición que se esconde

Hablar de democracia significa hablar de gobierno y oposición como un binomio indisoluble. La democracia es, de acuerdo con Robert Dahl en su clásico trabajo La poliarquía, fundamentalmente una combinación de debate público y derecho a participar, lo que “facilita la oposición, la rivalidad y la competencia entre el gobierno y sus antagonistas”. En otros términos, es en la democracia donde se pueden dar estas discusiones entre el gobierno en turno y la oposición. En sentido inverso, la ausencia de una oposición fuerte y coherente denota una falta de democracia.

El papel que juega la oposición en una democracia es el de ser una especie de contención para evitar excesos desde el gobierno. La oposición tiene lo que Montesquieu señala en Del espíritu de las Leyes, la “facultad de impedir al derecho de anular una resolución tomada por otro” y “aquel que tiene la facultad de impedir, también tiene el derecho de aprobar”. Es decir, la oposición puede impedir algunos actos del gobierno. Con el tiempo, la oposición política se trasladó a los partidos políticos donde convergían las voces discordantes y las posibilidades de introducir cambios al sistema político. Los partidos políticos heredaron esa facultad de impedir.

En un sentido más moderno, Pierre Rosanvallon, en su texto La contrademocracia. Política en la era de la desconfianza, expone que “al tener como objeto el remplazo del gobierno existente, la oposición lo pone constantemente a prueba; lo obliga a explicarse, a demostrar su eficacia, a justificar abiertamente sus opciones; introduce de esa manera una obligación de argumentación al mismo tiempo que contribuye a su racionalización”. En otras palabras, la oposición busca como primer objetivo sustituir a ese gobierno que critica.

La oposición no solo le es connatural a la democracia, sino que además representa un estímulo para que los gobiernos desarrollen mejores políticas ante la permanente amenaza de que ante una mala gestión pública la oposición pasaría a encabezar un nuevo gobierno. La oposición está en una constante lucha por ocupar el poder, por ganar la siguiente elección. Por esta razón es que la oposición se encarna de manera predominante en el (los) partido(s) político(s) que no está(n) en el poder. Y así, en el juego de la democracia, quien hoy es gobierno mañana puede ser oposición y, como en México, quien ayer fue oposición hoy es gobierno. Que esto sea un constante ir y venir en las preferencias electorales lo señala el Latinbarómetro 2018 donde se indica que en América Latina el 19% de la población vota por el gobierno y el 23% vota por la oposición.

Los últimos años han sido muy difíciles para la oposición en México y en otros lugares del mundo. Una de las razones la señalan Steven Levitsky y Daniel Ziblat, en su best seller Cómo mueren las democracias, al decir que uno de los 4 indicadores clave para entender un gobierno con comportamiento autoritario, es la negación de la legitimidad de los adversarios políticos. De tal forma que, si bien se permite el debate público y el derecho a participar, el gobierno hace uso de todos los instrumentos del poder para denostar y acusar desde el discurso a la oposición de ser antipatriotas, delincuentes y enemigos del pueblo. Discurso que nos es demasiado conocido en nuestro entorno. La intencionalidad de esta acción es descalificar de antemano a la oposición y, con eso, debilitar sus críticas.

Vayamos al caso de México. La lucha durante muchos años fue para que la oposición partidista tuviera voz y representación legislativa, además de que existieran las condiciones para que hubiera una real disputa electoral por el poder. La creciente presencia de una oposición política fue saludable para la vida pública, porque permitió la libre discusión sobre los temas del interés general. En los tiempos donde el PRI ganaba prácticamente todo, sin duda una consecuencia adicional de la polémica elección de 1988 fueron las primeras voces de oposición en el Senado de la República. Recordemos que el momento más paradigmático fue cuando Porfirio Muñoz Ledo, entonces senador electo del Frente Democrático Nacional, interpeló por primera vez al presidente durante un informe de gobierno. Así, de elección en elección fue tomando forma un mayor protagonismo de esa oposición partidista que con el tiempo encabezaría diferentes gobiernos locales, principalmente el PAN y el PRD, hasta el entonces partido en el gobierno, el PRI, aprendería a ser oposición.

A partir de entonces, muchas voces se han alzado desde el Congreso o desde los partidos políticos para cuestionar al poder en turno. Podemos recordar a un Diego Fernández de Cevallos o a un Manlio Fabio Beltrones como líderes de la oposición. Dentro de la normalidad democrática lo más común fue que se multiplicaran las voces opositoras y que éstas forzaran al gobierno a realizar acciones que no se entenderían de otra forma. Ejemplo clásico es la creación del Instituto Federal Electoral, lo cual fue posible por la presión ejercida por la oposición. 

Una de las metáforas más usadas es la de equiparar a la política como si fuera un ring de boxeo si la disputa entre dos participantes (propio de los sistemas bipartidistas) o de lucha libre si es que se presentan varios contendientes (los sistemas multipartidistas), ya sea en una modalidad de relevos australianos (un equipo contra otro) o que el combate sea de todos contra todos. Se da a entender que la democracia es una disputa donde los partidos políticos compiten de forma constante y que usualmente, el presidente y partido político en el poder están en una esquina y la oposición partidista en la otra.

Hoy en día tenemos un presidente que, siguiendo con el argot boxístico, es un fajador, alguien a quien le encanta ponerse los guantes a diario para entrarle al intercambio de golpes con la oposición. Este estilo no es nada novedoso, recordemos que en 1991 encabezó una marcha hacia en entonces Distrito Federal llamándola “Éxodo por la democracia” (ya desde entonces usaba elementos religiosos para nombrar sus acciones políticas), para enfrentar lo que denominó un fraude electoral en Tabasco. Un estilo permanente de entender y actuar la política. Lo suyo es el golpe cuerpo a cuerpo, diría Jorge “Sonny” Alarcón, un clásico de la crónica del box.

Lo significativo es que ha pasado de pelearse con la mafia en el poder a retar a los que denomina conservadores o a los neoliberales. El presidente, en esta dialéctica amigo/enemigo de Carl Schmitt, encara a la oposición en el ring que se levanta día a día por las mañanas. Los opositores van cambiando conforme a la cartelera del día. La oposición que es denunciada de manera más frecuente son los periodistas y los medios de comunicación. Lo mismo Carlos Loret y Joaquín López Dóriga, que algún periódico nacional como El Reforma y El Universal o algunos internacionales como The New York Times, The Washington Post o El País, y hasta la revista Proceso es enfrentada, sin dejar atrás a las redes sociales. Tenemos pues el espectáculo de peleas contra periodistas, periódicos nacionales e internacionales, artistas, empresarios de México y del mundo, organizaciones de la sociedad, académicos, médicos, intelectuales y científicos. Todos enfrentados con el mismo comportamiento autoritario, señalado por Levitsky y Ziblatt, de negarles legitimidad.

Los temas que se han enarbolado en oposición a lo establecido por el gobierno han sido en contra de la inseguridad de las ciudades, de la cancelación de la construcción del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, de la violencia familiar, de los feminicidios y la violencia contra las mujeres, de la cancelación de programas sociales, de la construcción del Tren Maya, la Refinería de Dos Bocas, del aeropuerto de Santa Lucía, del desabasto de medicinas, de la falta de medidas sanitarias por el COVID-19, de la falta de programas de reactivación económica, etc.

Oposición no le ha faltado al presidente, sin embargo, no es la clásica oposición partidista la que ha participado, sino los diferentes sectores sociales y económicos del país. Los que se han sentido vulnerados, los que entienden a las medidas como nocivas y contraproducentes, los que ven afectados sus interese o una combinación de todo lo anterior, han levantado la voz para exigir la explicación y reclamar una racionalización y eficacia del accionar público. Sin embargo, su interés es coyuntural y a problemas específicos. Esta oposición ciudadana, por llamarla de una manera, no tiene entre sus planes la búsqueda del poder para la siguiente elección, como sí la tienen los partidos políticos.

Por lo anterior, resulta bastante notorio que la oposición partidista venga brillado por su ausencia, salvo algunos gobernadores que han levantado la voz por las medidas en torno al COVID-19. El silencio es estridente, diría algún poeta. Los líderes camerales de repente se ponen de acuerdo y logran bloquear alguna iniciativa, pero su papel ha ido de lo pasivo a lo reactivo, sin mayor impacto en la opinión pública. Han sido más espectadores que participantes. Los presidentes de los principales partidos de oposición, PRI, PAN y PRD han desempeñado un papel aún más marginal. Por supuesto que ni la oposición en el Congreso ni desde los partidos políticos se han presentado propuestas de gobierno alternas y viables. Tal vez sea miedo a ser atacados o temor de alzar la voz y, casualmente, ser investigados por la Unidad de Inteligencia Financiera, quizá simplemente sea prudencia y estén esperando mejores tiempos, pero lo cierto es que la oposición partidista, la que debe confrontar al gobierno porque su meta es, en teoría, reemplazarlo, luce por su ausencia. Ironías de la vida, quizá la voz que más fuerte se ha escuchado desde cl Congreso oponiéndose constantemente a las medidas de la presidencia, sea la de Muñoz Ledo, miembro del partido en el poder.

Qué lejos estamos de eso que Gianfranco Pasquino propone en su libro La oposición en las democracias contemporáneas, de que la buena oposición es la que sabe ser “crítica de los contenidos que propone el gobierno y propositiva de contenidos distintos, pero también conciliadora cuando existan espacios de intervención, mediación, colaboración y mejoras recíprocas”. Hoy sabemos que la oposición política también rehúye el combate y se esconde.

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