El retorno al origen o la permanencia del desperdicio en Santa Fe. Una lectura optimista del tiempo perdido de la pandemia

El tiempo es relativo, eso lo sabemos desde Einstein. La idea que generalmente tenemos del tiempo se ajusta a las medidas que nos son familiares: el calendario, el reloj, la quincena, el abono, las deudas y sus inevitables y fatídicos plazos. Pero en realidad ese no es el tiempo verdadero. Esa forma de temporalidad lineal, cronológica, ordenada es la forma en que las sociedades nos hemos organizado para convivir, comerciar y construir una comunidad. La faz siniestra de la temporalidad cronológica es la producción y el consumo, incesantes e implacables. El tiempo del trabajo y el de la fiesta ocurren en ciclos que se suceden y que parecen ordenados; los fines de semana y días festivos, que convertidos en puentes van desdibujando la memoria histórica (otra forma de temporalidad), dan lugar a las reuniones entre amigos, las borracheras monumentales o los encerrones en cantinas y moteles.

Hoy se ha mostrado esa falsa apariencia de orden que el calendario nos garantizaba, todos lo días parecen iguales, los rituales de festejo, de trabajo, del día de compras, puente feliz y playero se desvanecen en los calendarios que carnicerías, verdulerías y tortillerías nos regalaron en diciembre, como garantizándonos la permanencia de esa circularidad que voluntariamente aceptamos. Esa ausencia de la diferencia ordenada entre los días deja espacio suficiente para la tristeza y la angustia, para la desesperación y la flojera, pero también para la búsqueda de las ruinas del tiempo que nunca vimos porque, enfrascados en la vorágine del tiempo cronológico, nunca notamos.

Santa Fe es un complejo financiero de proporciones monumentales, nueve millones de metros cuadrados que contienen complejos comerciales, corporativos de negocios y unidades habitaciones de lujo. Todo ahí está hecho para sentirse nuevo: el brillo de la novedad, el reemplazo constante, la demolición rápidamente sustituida por un nuevo edificio, “¿qué había antes ahí?”. Toda esa apariencia cuidadosamente conservada, pulida y encerada a diario por un ejército de empleados precarizados que frecuentemente viven es ese “otro” Santa Fe empobrecido y gris. Ese lado oscuro del lujo está construido como un entramado de casas encimadas, ventanas que miran a una pared, escaleras de 126 escalones húmedos y sin descansos, pendientes vertiginosas y pasillos que son trampas; su existencia es el permanente recordatorio del origen negado, como diría Freud, reprimido del ostentoso Santa Fe. El tiempo del origen que siempre parece lejano, hundido en los recuerdos turbios, está a unos pocos metros del presente hipermoderno, tecnológico, irreal de Santa Fe.

La zona en que hoy se levantan o se hunden, según sea la extravagancia arquitectónica, edificios que albergan espacios comerciales, financieros o habitacionales fue hace poco más de 30 años una zona minera y un relleno sanitario; cientos de familias de pepenadores vivían en donde hoy se alzan anuncios de jóvenes parejas blancas con apacibles expresiones corporales; donde hoy hay jardines artificialmente conservados, antes hubo clasificaciones de basura según la utilidad que podrían sacar los habitantes que sobrevivían del desperdicio de la zona poniente; debajo de las piscinas de los complejos hoteleros hubo cuevas húmedas que la extracción de arena dejó; parvadas de aves carroñeras vigilaban restos orgánicos donde hoy hay mesas con blaquísimos manteles, meseros impecables y propuestas gastronómicas que se venden y se pagan como innovadoras. En apariencia el tiempo presente contrasta con el pasado, porque la diferencia entre uno y otro es el progreso, la modernidad que limpia, blanquea, renueva el espacio en que hubo desperdicio y ruina. Como si la ley del tiempo cronológico se cumpliera: el pasado decadente se abandona y el progreso a un estado superior se alcanza. ¿O no?

El surgimiento de Santa Fe como oasis del mercado y el consumo en México, coincide con el triunfo del capitalismo, la caída del Muro de Berlín en 1989 marca el fin del ideal socialista en el mundo y una nueva fase del capitalismo. Carlos Salinas de Gortari y Manuel Camacho Solís, por esos mismos años, vieron en las montañas de basura y las cuevas de arena el futuro de escaparates, rascacielos e hipervigilancia que hoy asociamos a una de las zonas más exclusivas de la Ciudad de México. Compraron a precio de ganga y expropiaron terrenos que hoy albergan bancos, corporativos internacionales, centros de negocios y espacios para el consumo de lujo. Digo “hoy”, pero el tiempo es relativo, eso ya lo sabemos.

Desde hace 56 días la gran mayoría de esos espacios han permanecido cerrados, las calles, antes enloquecidas por las jornadas laborales y de consumo, hoy lucen como espacios abiertos y hasta cálidos; la orgiástica multiplicación de edificios que compiten en estilo, pero con el elemento del vidrio reflejante que los duplica entre sí, se detuvo. El tiempo entonces parece detenido, sin el ciclo que parecía perpetuo de las entradas y salidas de oficinistas con sus gafetes en el pecho y su caminar parsimonioso; de las ventas nocturnas, ventas especiales, ventas de tarjetas de crédito, ventas de aniversario, ventas de cambio de temporada, ventas de media temporada, ventas de liquidación. Lo que quedó a cambio son los anuncios, cubiertos de polvo, de las últimas rebajas previas al cierre definitivo de actividades no esenciales: 3 x 2 en abrigos y chamarras, 2 x 1 en ropa interior, 60% de descuento en artículos seleccionados, 50% en chocolates (sí que me duele haberme perdido esa rebaja).

El Centro Santa Fe es el emblema del cruce de las temporalidades que me interesa mostrar. El basurero sobre el cual fue erigido y que supuso el desalojo de más de trescientas familias de pepenadores que vivían en y de la basura; el centro comercial más grande de América Latina hoy no es más que un conjunto de locales vacíos de mercancías y de clientes entregados a la deuda, es un espacio ocupado por gruesas capas de polvo, por sombras evasivas y de reflejos de vigilantes que solo recorren los pasillos para desquitar un salario que hoy ya no tiene sentido de existencia. El pasado de decadencia se hace presente en las imágenes que los escaparates regresan al espectador que busca comida y cajeros automáticos. Las imágenes que nos regresan los vidrios polvosos son los restos del emporio de la mercancía: rostros enmascarados, temerosos de la proximidad y centrados en el abastecimiento de productos de primera necesidad. Veo mi reflejo, me veo caminar apresuradamente sobre un fondo vacío, oscuro y que muestra por fin lo que capas y capas de ofertas ocultaron por décadas: objetos que engendraban una temporalidad vertiginosa y engañosa, ahí no había tiempo, solo repetición de lo mismo.

Keith Moxey, estudioso de la visualidad, ha pensado esta relación entre sujetos y objetos como un continuo engendramiento de la temporalidad. Lo que equivale a decir que no somos el producto de la carrera de la temporalidad cronológica y ordenada, sino que nuestra relación, siempre problemática con los objetos, engendra al tiempo. En los espacios abandonados por los consumidores, pero también por lo mercaderes, vuelvo a ver los basurales de hace treinta años. En el polvo de los anaqueles, en el moho sobre las escazas mercancías abandonadas, en las grabaciones de los anuncios de bancos, repetidas hasta el cansancio de las baterías, están presentes las montañas de basura, de ropa desechada, de electrodomésticos funcionales y de juguetes que dejaron de ser novedosos, a la espera de personas hambrientas y sedientas de sustento.

El tiempo hoy parece enrarecido por la falta de diferencia, por la ausencia de los ciclos de consumo y desecho; y si uno observa de cerca, si admite que nuestra relación con los objetos y el tiempo ha cambiado inevitablemente, es posible mirar la presencia de otros tiempos (no me atrevo a decir que mejores) que se imponen y otorgan nuevos sentidos a este presente perpetuo y continuado que vivimos, no solo por la contingencia o por el encierro, sino por la detención de esa temporalidad aparente de las ventas especiales, del desecho y la renovación de mercancías. El basural como origen, la necesidad primaria como fuerza vital han retornado al espacio que, jactanciosamente, parecía haber prescindido de esos impulsos básicos. El tiempo pasado, entonces, nunca es del todo pasado, se hace presente para quien quiera mirarlo o se impone como una verdad estremecedora.

¿Qué viene? ¿El futuro puede deducirse de la angustia que provoca la detención del tiempo frenético de la producción? Seguramente sí, pero ¿quién tiene la capacidad predictiva o profética de mirar más allá de sus propias circunstancias? Desde el modesto lugar que ocupo, parada de puntitas sobre el basural, veo nuevamente a un grupo de pepenadores buscándose la vida en el mismo tiradero convertido en centro de negocios, en ese grupo variopinto hay gente que jamás se pensó así y que hoy sale a las calles a vender lo que puede, no necesariamente de forma honesta ni libre de las ataduras del mercado. Otros, sostenidos apenas de la nómina, nos miramos en el reflejo endeble de los escaparates y las tiendas desocupadas, en esa imagen presente que también es pasado presentimos la misma precariedad de los basureros; nuestro salario, aferrado a la compra de alimentos, nos deja ver un nuevo ritmo vital, una nueva relación con los objetos que, si tenemos suerte, nos permitirá imaginar una nueva forma de relacionarnos con los objetos de consumo y, por tanto, con el tiempo. Ahí radicaría una nueva relatividad del tiempo, en un modo de consumir que no sea obediente a leyes voraces que también nos devoran.

Rocío Aguirre

Rocío Aguirre es investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco y profesora de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de México. Es psicóloga y tiene estudios doctorales y de maestría en Teoría literaria. Sus investigaciones se centran en el estudio de las escrituras del yo, la literatura escrita por mujeres y la relación entre la subjetividad, la intimidad y la escritura.
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