La infidelidad le da prestigio social al hombre, pero desprestigio a la mujer

“Miraba con estupor: ese cuerpo le parecía agradable, sin duda. Era el mismo que durante años lo había enloquecido de deseo (…) y sin embargo, siendo el hombre que era (su esposo), el mismo pensamiento detestable regresaba a su mente, el mismo pensamiento de todas las noches y todas las mañanas: Ya no le atraía, ya no sentía ganas de verla desnuda, estaba acostumbrado a su cuerpo y había perdido el interés en verla”, fragmento de El amanecer de un marido (2008), Héctor Abad Faciolince.

Algunos individuos eligen pareja por motivos tales como la reproducción, la convicción, la soledad o la necesidad de complementarse. Las relaciones de pareja son inherentes a la vida del ser humano para su desarrollo individual y social. Autores como Bauman (2005) hacen referencia al denominado “amor líquido”, nombre que se desprende de la analogía del líquido como un elemento que cambia de manera constante y que difícilmente mantiene su forma.

Hoy día, es cada vez más común que las relaciones de pareja se disuelvan en un número considerable de casos por motivos referentes al quebrantamiento de las reglas implícitas y explícitas de exclusividad que la cultura y la sociedad imponen a las parejas. Mayoritariamente, tal quebrantamiento es conocido como infidelidad.

Asimismo, el valor de la fidelidad ha sido de suma importancia para hombres y mujeres: La violación de este pacto de exclusividad sexual y emocional puede provocar distintos conflictos y, en algunas situacione, s la solución a los mismos se puede concebir como la separación. Sin embargo, es necesario tener en consideración que el valor que se le concede a la infidelidad depende de la percepción social que se tenga de la misma, pues un evento puede ser interpretado como una transgresión por ciertas personas, mientras que para otras no implica el rompimiento de las reglas pactadas.

Pongamos por caso las sociedades occidentales, donde se piensa que el hombre infiel es un tipo envidiado, venturoso, favorecido, suertudo, agraciado, excepcional y superior. En cambio, las mujeres son mártires, víctimas de críticas, menosprecio y condenas impensables.

El estigma de la desigualdad pervive en la llamada infidelidad femenina, alejada y antagónica a la del género masculino. La mujer infiel es un tabú y veto en los temas de interés para la sociedad actual. Para mostrar el castigo y la humillación de la infiel femenina, Crónica de una muerte anunciada (1981) de García Márquez es perfecta. Ángela Vicario es humillada porque decide confesarle a su esposo la noche de bodas que no es virgen. Él, indignado, la devuelve a la casa de sus padres.

Ser mujer es una realidad biológica sobre la que se nos impone una educación de género que nos oprime. El hombre que comete infidelidad es sinónimo de masculinidad, orgullo y merece poca o nula sentencia social, pero en el caso de la mujer ocurre justamente lo contrario, por lo que recibe una condena de carácter más riguroso.

Actualmente, tanto mujeres como hombres cada vez tienen mayores intereses, ganas de innovar y vivir experiencias nuevas, por lo que es muy posible que busquen esas vivencias fuera del matrimonio o el noviazgo. Claro que no se incita al atraído u atraída, ejercer la infidelidad como disciplina deportiva. A nuestro entender, se invita a la comunidad a ser consiente y crítico, dado que todos estamos ligados o atados de ser infieles. No importa nuestro género, raza, religión, orientación sexual o nacionalidad, las formas de relacionarnos (física y ya, muy en boga a través de las redes sociales) permean el cómo nos vinculamos con los otros.

El ser mujer no es, ni será nunca, una colección de estereotipos sobre la feminidad. Se exige respeto, tolerancia, comprensión y flexibilidad, pues sin denotar un juicio “a la infidelidad de la mujer” habría que contextualizar y ubicarnos en la era contemporánea.

No trasgredir ni herir a terceros, siempre con un dialogo ecuánime que permita el mejor acuerdo y pacto en la pareja.

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